Las perspectivas de los mercados energéticos mundiales han cambiado a raíz de dos noticias recientes, una de las cuales ayuda a explicar la otra.
El primero es un informe del Fondo Monetario Internacional (FMI), publicado el lunes, que estima que el uso mundial de combustibles fósiles recibe subsidios por un total de 5,3 billones de dólares estadounidenses al año (el 6,5 % del PIB mundial).
La segunda es la continua caída de la producción y el uso de carbón en China, que comenzó en 2014. Los últimos informes muestran que la producción de carbón en China en abril de 2015 cayó un 7,4 % con respecto a abril de 2014.
Para entender la relación entre ambos hechos, es necesario examinar cómo obtuvo el FMI su estimación.
El costo real del carbón
En parte, la estimación se refiere a los subsidios en el sentido tradicional del término: por ejemplo, políticas que proporcionan combustible barato para cocinar a los consumidores urbanos de muchos países en desarrollo.
Sin embargo, la mayor parte del subsidio estimado se deriva de comparar el precio real de los combustibles fósiles con el precio que prevalecería si a sus usuarios se les cobrara el costo total asociado a su uso, incluidos los costos de la contaminación, y además estuvieran sujetos a impuestos generales sobre las ventas, como el GST.
A partir de este planteamiento, el FMI identifica cuatro formas principales de subsidio:
Subsidios tradicionales o «antes de impuestos», es decir, pagos financiados con fondos públicos a productores o consumidores de combustibles fósiles, que generan una diferencia entre el costo de producción y el precio de mercado
Subsidios a los automovilistas que se producen cuando los ingresos procedentes de los impuestos sobre los combustibles son inferiores al costo económico de proporcionar redes viales gratuitas
La falta de una tributación adecuada de los costos de la contaminación atmosférica «local», como el esmog generado por los automóviles y la contaminación del aire por partículas causada por la quema de carbón
La falta de una tributación adecuada de los costos climáticos mundiales derivados de las emisiones de dióxido de carbono.
De estos subsidios, los costos de los tres primeros recaen en la población del país correspondiente, ya sea como cargas para los presupuestos públicos o en forma de efectos adversos de la contaminación sobre la salud, mientras que el cuarto costo es mundial. Por tanto, en un cálculo puramente político nacional, los tres primeros tipos de costos deben sopesarse frente a los beneficios políticos que se derivan de un combustible más barato.
El sorprendente hallazgo del FMI, que se hace eco de trabajos anteriores de economistas como Nicholas Muller, Robert Mendelsohn y William Nordhaus para Estados Unidos, es que la tercera categoría de costos —el esmog y las partículas— es, con diferencia, la más elevada. Dentro de esta categoría, el mayor costo se debe a las emisiones de partículas procedentes del carbón.
De ello se desprende que, incluso sin tener en cuenta el impacto del cambio climático, en muchos casos los costos de quemar combustibles fósiles superan sus beneficios. Por eso, reducir el uso de combustibles fósiles, y en particular el de carbón, tiene sentido económico.
El auge del carbón se desvanece
Esto es más evidente que en ningún otro lugar en China. Como país densamente poblado, muy dependiente del carbón y con un gran número de centrales eléctricas ineficientes y mal mantenidas, China padece una de las peores contaminaciones atmosféricas urbanas del mundo, que se estima causa la muerte de más de medio millón de personas al año
En un régimen autoritario como el de China, estos costos podrían ignorarse mientras las necesidades de la industria y el imperativo de un crecimiento rápido tuvieran prioridad política.
Por otro lado, en cuanto la preocupación por la contaminación atmosférica se volvió apremiante, el gobierno pudo imponer cambios que habrían encontrado una fuerte resistencia política en un sistema más democrático y menos centralizado. Entre ellos figuran el cierre de más de 1.000 minas de carbón este año y el cierre de las cuatro centrales eléctricas de carbón que abastecen a Pekín.
El gobierno australiano, y la clase política, siguen negando estos acontecimientos. La caída de la demanda de carbón en China se considera una anomalía temporal, y se espera que la demanda siga creciendo hasta bien entrada la década de 2020. E incluso cuando el uso de carbón en China finalmente empiece a disminuir, se espera que India ocupe su lugar.
La lógica del análisis del FMI indica lo contrario. Los costos no contabilizados de la quema de carbón son tan elevados en Delhi como en Pekín, y el desarrollo de una clase media urbana garantiza que se tendrán en cuenta.
India ya está gravando el carbón para promover el desarrollo de las energías renovables. El análisis del FMI sugiere que esta es la política adecuada, pero que debe llevarse aún más lejos.
Por ahora, la capacidad de ampliar las energías renovables es demasiado limitada para satisfacer la creciente demanda de electricidad de India, por lo que el uso del carbón podría seguir aumentando durante algún tiempo. Sin embargo, la experiencia mundial del auge de la energía solar y eólica ha demostrado que ninguna limitación sigue siendo vinculante por mucho tiempo. En unos años, es probable que se hagan realidad las aspiraciones de India de convertirse en una «superpotencia de las energías renovables».
¿Qué significa esto para Australia? Casi con toda seguridad, el auge del carbón que ahora se desvanece no volverá a repetirse. De cara al futuro, nuestra capacidad casi ilimitada para generar energía eólica y, sobre todo, solar probablemente será nuestro mayor activo energético.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lee el artículo original. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: John Quiggin es profesor de la Facultad de Economía de The University of Queensland.
Imagen: El vapor que sale de las torres de refrigeración de la central eléctrica de lignito Jaenschwalde, de Vattenfall, se refleja en las aguas de un lago cerca de Cottbus, en el este de Alemania. REUTERS/Pawel Kopczynski
