El combustible es un requisito indispensable para el desarrollo económico mundial. Facilita la construcción, la fabricación y la urbanización, y es esencial para ayudar a las sociedades a progresar. Además, en gran parte del mundo, los combustibles fósiles seguirán siendo fundamentales en las próximas décadas.
El reto al que nos enfrentamos es garantizar que el combustible que usamos contamine lo menos posible y, al mismo tiempo, pueda impulsar a las sociedades a medida que crecen. Este reto, como muchos problemas mundiales, se reduce a una cuestión económica.
Adoptar normas más estrictas
A quienes viven en Occidente les parece obvio aplicar sin más a otros las normas que allí se utilizan. En Europa, por ejemplo, existen normas de emisiones muy estrictas para diversas sustancias químicas, tanto en el ámbito comercial como en el de consumo.
Pero hay que recordar que los gobiernos trabajaron codo con codo con la industria y los fabricantes para gestionar cuidadosamente la respuesta de motores y máquinas a estas nuevas normas. No basta con poner combustible más limpio en todos los motores y esperar que funcionen. Del mismo modo que hubo que retirar gradualmente los coches que funcionaban con gasolina con plomo, es necesario sustituir o modernizar innumerables motores en todo el mundo.
Aquí llegamos al núcleo del problema. Todos queremos usar combustibles más limpios, pero esto tiene un coste que no es insignificante.
Hemos visto a gobiernos de toda África unirse para trazar el camino hacia normas de emisiones más estrictas que beneficien a sus poblaciones locales. Este liderazgo de alto nivel es la base para avanzar hacia una estrategia de combustibles más limpios.
Trabajar juntos
En primer lugar, este compromiso requerirá programas de comunicación coordinados para que tanto las empresas como los consumidores sepan cómo pueden adaptarse. También hay cuestiones de competencia. Las refinerías locales de muchos países podrían verse amenazadas directamente por las nuevas normas. Si no cuentan con la capacidad técnica para producir combustibles más limpios y de mayor calidad, se verán inmediatamente perjudicadas frente a operadores internacionales con capacidades de refinación más modernas. No se debería esperar que ningún gobierno aplique una regulación que ponga en riesgo los empleos de sus ciudadanos y la industria local.
Esta es la situación actual mientras avanzamos hacia combustibles más limpios en África, América Latina y el Sudeste Asiático. Necesitaremos la convergencia de voluntad política, una estrecha colaboración con la industria y soluciones técnicas innovadoras para materializar los beneficios que sabemos que están a nuestro alcance.
Ya estamos aplicando este enfoque allí donde podemos. En Botsuana, suministramos a Orapa, la mina de diamantes a cielo abierto más grande del mundo, combustible y aceites de una calidad más limpia. Nuestro combustible diésel con 50 partes por millón de azufre es 10 veces más limpio que el límite de 500 ppm establecido por la normativa local. Esto no solo mejora la eficiencia de las operaciones, sino que también reduce el impacto de las emisiones en la salud de los trabajadores.
Es necesario actuar
Sabemos que se puede lograr, así que sigamos impulsando el diálogo para que pueda aplicarse a gran escala. ¿Qué medidas pueden ayudarnos a avanzar hacia un futuro con combustibles más limpios? ¿Cómo podemos equilibrar la regulación con la autonomía industrial para afrontar este reto? ¿Y podemos movilizar a los consumidores para que comprendan este complejo problema y exijan a sus gobiernos y a la industria combustibles más limpios y de mejor rendimiento?
