El fin del capitalismo: ¿y ahora qué?

El fin del capitalismo: ¿y ahora qué?
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El Foro Económico Mundial de Davos de este año vio un intenso debate sobre el futuro del capitalismo. Muchos participantes se preguntaban si el capitalismo, con todos sus excesos, sigue teniendo cabida en el mundo actual. Mientras tanto, los medios de comunicación especulaban con que, si incluso directivos y banqueros planteaban dudas sobre el futuro del sistema, quizá el capitalismo ya había sido enterrado en Davos.

Las noticias sobre la inminente desaparición del capitalismo pueden ser algo exageradas, ya que en Davos nunca se cuestionó la ideología de una economía de mercado libre, pero socialmente comprometida y con una regulación justa. Sin embargo, se debatió si el capitalismo en su forma actual sirve a la economía de libre mercado o la socava. A este respecto, es necesario distinguir con claridad entre la ideología de una economía social de mercado basada en la responsabilidad individual, por un lado, y el término capitalismo como tal, por otro. En los últimos 200 años han surgido diversas interpretaciones del capitalismo como reacción a la industrialización. En términos históricos, la transición de los oficios manuales a las máquinas exigió un grado de inversión cada vez mayor y, por tanto, la aportación de capital. En este sentido, el capitalismo no es una ideología en sí, sino una teoría aplicada de la creación y el uso eficiente del capital como factor de producción. En su sentido genuino, el capitalismo es, por tanto, el componente de un sistema económico que se refiere al mercado de capitales, consagrado en los principios de un mercado libre y de la propiedad garantizada. Sin embargo, estos principios forman parte de una ideología más amplia.

Lamentablemente, en el lenguaje actual esta ideología del libre mercado se ha equiparado con el «capitalismo» como componente técnico. Por ello, es fácil tener la impresión de que el sistema económico de libre mercado, fundado en la libertad individual y, al mismo tiempo, en la responsabilidad social, es el culpable de los excesos de un capitalismo que ha perdido su equilibrio. Esto es claramente incorrecto. Por tanto, el tema del intenso debate en Davos no fue el fin del capitalismo como ideología, sino la cuestión de cómo reformar los componentes técnicos del capitalismo, que se han descarrilado.

Una de las críticas al capitalismo se centra en la creciente brecha entre ganadores y perdedores debido al llamado turbocapitalismo, resultado de la competencia global. En este contexto, el llamado modelo nórdico demuestra que un alto grado de flexibilidad del mercado laboral y los sistemas de bienestar social no tienen por qué ser mutuamente excluyentes; de hecho, pueden combinarse con muy buenos resultados. Este tipo de política económica también permite a los países invertir en innovación, cuidado infantil, educación y formación. Los países escandinavos, que sufrieron en la década de 1990 una crisis bancaria similar a la que ahora experimentamos en otras economías occidentales, han demostrado que, mediante la reforma de la regulación y de los sistemas de bienestar social, los mercados laborales y de capitales flexibles son realmente compatibles con la responsabilidad social. Por ello, no es casualidad que estos países se cuenten hoy entre las economías más competitivas del mundo.

Otros aspectos de la crítica al capitalismo que merecen una seria consideración son las bonificaciones excesivas, el creciente mercado de instrumentos financieros alternativos y el desequilibrio surgido entre las finanzas y la economía real. Sin embargo, vemos cierto progreso en estos ámbitos gracias a la creciente presión del público en general, los gobiernos y también el mercado.

Así pues, aunque el capitalismo no fue enterrado en Davos, es justo decir que el capital está perdiendo su condición de factor de producción más importante en nuestro sistema económico. Como expuse en mi discurso inaugural en Davos, el capital está siendo desplazado por la creatividad y la capacidad de innovar —y, por tanto, por los talentos humanos— como factores de producción más importantes. Si el talento se convierte en el factor competitivo decisivo, podemos afirmar con confianza que el capitalismo está siendo sustituido por el «talentismo». Del mismo modo que el capital sustituyó a los oficios manuales durante el proceso de industrialización, ahora el capital cede el paso al talento humano. Estoy convencido de que este proceso de transformación también conducirá a nuevos enfoques en el campo de la economía. Es indiscutible que una ideología fundada en la libertad personal y la responsabilidad social ofrece tanto a las personas como a la economía el mayor margen posible para desarrollarse.

Para garantizar que esta capacidad de desarrollo sea justa, se requieren mejor regulación y salvaguardas —sobre todo para los mercados de capitales—, que también exigen coordinación global. En este sentido, se pide ahora al capitalismo que realice los ajustes necesarios para seguir siendo un pilar clave de nuestro sistema económico de libre mercado, pero también para adaptarse a las circunstancias actuales y ser el siervo, y no el amo, de una economía de mercado socialmente responsable.

En definitiva, se trata de volver al principio de las partes interesadas que desarrollé y presenté en un libro publicado en 1971 y que ahora vive un renacimiento con el nombre de «creación de valor compartido» gracias al profesor de Harvard Michael Porter. En una era en la que las redes sociales permiten una mayor participación y transparencia, las empresas solo podrán lograr el éxito económico si generan beneficios a largo plazo no solo para sus accionistas, sino también para el bien común.

El profesor Klaus Schwab es el fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial.

*Este artículo se publicó originalmente en el Huffington Post.

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