Cómo combatir la próxima epidemia

Cómo combatir la próxima epidemia
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La epidemia de ébola en África Occidental ha causado la muerte de más de 10.000 personas. Si algo bueno puede surgir de esta tragedia que continúa, es que el ébola puede despertar al mundo ante un hecho aleccionador: sencillamente, no estamos preparados para hacer frente a una epidemia mundial.

De todas las cosas que podrían causar la muerte de más de 10 millones de personas en todo el mundo en los próximos años, la más probable, con diferencia, es una epidemia. Pero casi con toda seguridad no será el ébola. Por terrible que sea, el ébola solo se propaga mediante el contacto físico y, para cuando los pacientes pueden contagiar a otras personas, ya presentan síntomas de la enfermedad, lo que hace que sean relativamente fáciles de identificar.

Otras enfermedades —la gripe, por ejemplo— se propagan por el aire, y las personas pueden ser contagiosas antes de sentirse enfermas, lo que significa que una persona puede contagiar a muchos desconocidos con solo ir a un lugar público. Ya lo hemos visto ocurrir, con resultados horribles: en 1918, la gripe española causó la muerte de más de 30 millones de personas. Imaginemos lo que podría hacer en el mundo actual, altamente móvil.

Gran parte del debate público sobre la respuesta del mundo al ébola se ha centrado en si la Organización Mundial de la Salud, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y otros grupos podrían haber respondido con mayor eficacia. Son preguntas pertinentes, pero pasan por alto el asunto de fondo. El problema no es tanto que el sistema no haya funcionado lo suficientemente bien. El problema es que apenas tenemos un sistema.

Para empezar, la mayoría de los países pobres, donde es más probable que comience una epidemia natural, no cuentan con una vigilancia sistemática de las enfermedades. Incluso después de que la crisis del ébola fuera reconocida el año pasado, no había recursos para cartografiar eficazmente dónde se producían los casos ni para usar los patrones de viaje de las personas con el fin de predecir adónde podría propagarse la enfermedad.

Además, una vez que quedó claro que había comenzado una emergencia grave, deberían haberse enviado en cuestión de días equipos de personal capacitado a los países afectados. En cambio, hicieron falta meses. Médicos Sin Fronteras merece mucho reconocimiento por movilizar voluntarios más rápido que cualquier gobierno. Pero no deberíamos depender de grupos sin fines de lucro para organizar una respuesta mundial.

Aunque inscribiéramos enseguida a muchos expertos y voluntarios, no está claro cómo podríamos desplegarlos rápidamente en la zona afectada ni cómo transportaríamos a los pacientes. Pocas organizaciones son capaces de trasladar a miles de personas, algunas infectadas, a distintos lugares del mundo con solo una semana de aviso.

La epidemia de ébola podría haber sido mucho peor si Estados Unidos, Gran Bretaña y otros gobiernos no hubieran utilizado recursos militares para trasladar en avión a personas y equipos hacia y desde las zonas afectadas. Pero no deberíamos suponer que la próxima epidemia se limitará a países que acogen favorablemente a las tropas occidentales.

Los datos son otro problema crucial. Durante la epidemia de ébola, la base de datos que hace seguimiento de los casos no siempre ha sido precisa. Esto se debe en parte a que la situación es muy caótica, pero también a que gran parte de los informes de casos se han elaborado en papel y luego se han enviado a un centro para introducir los datos.

También está nuestra falta de inversión en herramientas médicas eficaces, como pruebas diagnósticas, medicamentos y vacunas. En promedio, se ha estimado que los resultados de las pruebas de ébola han tardado entre uno y tres días en llegar: una eternidad cuando hay que poner en cuarentena a las personas hasta saber si están infectadas. Los medicamentos que podrían ayudar a detener el ébola no se probaron en pacientes hasta después de que la epidemia alcanzara su punto máximo, en parte porque el mundo carece de un proceso claro para acelerar las aprobaciones de medicamentos.

Comparemos todo esto con los preparativos que las naciones realizan para la defensa. Los ejércitos cuentan con sistemas para reclutar, formar y equipar a los soldados. La OTAN tiene una unidad móvil lista para desplegarse rápidamente. Aunque el sistema no es perfecto, los miembros de la OTAN realizan ejercicios conjuntos en los que resuelven cuestiones logísticas, como cómo recibirán alimentos las tropas y qué idioma usarán para comunicarse.

Pocas de estas medidas, si es que alguna, existen para responder a una epidemia. El mundo no financia a ninguna organización (ni siquiera a la OMS) para coordinar todas las actividades necesarias para detener una epidemia. En resumen, en una batalla contra una epidemia grave, acudiríamos con un cuchillo a una pelea de bazucas.

Creo que podemos resolver este problema, como hemos resuelto muchos otros: con ingenio e innovación.

Necesitamos un sistema mundial de alerta y respuesta ante los brotes. Empezaría por fortalecer los sistemas de salud de los países pobres. Por ejemplo, cuando se construye una clínica para prestar atención primaria de salud, también se crea parte de la infraestructura para combatir las epidemias. El personal sanitario capacitado no solo administra vacunas: también puede vigilar los patrones de las enfermedades y formar parte de los sistemas de alerta temprana que avisarán al mundo de posibles brotes. Parte del personal que estaba en Nigeria para combatir la polio fue reasignado a trabajar contra el ébola, y ese país pudo contener la enfermedad muy rápidamente.

También tenemos que invertir en la vigilancia de las enfermedades. Necesitamos una base de datos de casos a la que puedan acceder de inmediato las organizaciones pertinentes, con normas que obliguen a los países a compartir su información. Necesitamos listas de personal capacitado —desde líderes locales hasta expertos mundiales— preparado para hacer frente de inmediato a una epidemia. Necesitamos recursos militares capacitados y listos para responder, y una lista de suministros que puedan almacenarse o requisarse en caso de emergencia.

Por último, tenemos que invertir mucho más en la investigación de medicamentos, vacunas y pruebas diagnósticas, y hacer posible acelerar la aprobación de nuevos enfoques en tiempos de crisis.

Las Naciones Unidas deberían facultar y financiar a una institución mundial para coordinar estos esfuerzos. Las Naciones Unidas y la OMS están estudiando las lecciones de esta epidemia; sus evaluaciones serían un buen punto de partida para conversar sobre cómo fortalecer a la OMS y qué componentes del sistema debería liderar.

No he visto una proyección rigurosa del costo de un sistema como este. Pero conocemos el costo de no actuar. Según el Banco Mundial, una epidemia mundial de gripe reduciría la riqueza global en 3 billones de dólares, por no mencionar el sufrimiento inconmensurable causado por millones de muertes. Prevenir una catástrofe así bien merece el tiempo y la atención del mundo.

Este artículo se publica en colaboración con LinkedIn. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Bill Gates es copresidente de la Fundación Bill y Melinda Gates.

Imagen: Trabajadores sanitarios se ponen equipo de protección antes de entrar en una zona de cuarentena en un centro de la Cruz Roja en la localidad de Koidu, distrito de Kono, en el este de Sierra Leona, el 19 de diciembre de 2014. REUTERS/Baz Ratner.

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