Cuando un grupo keniano de historia en Facebook publicó una fotografía en escala de grises de mujeres bagisu semidesnudas con vestimenta tradicional de hace un siglo, la red social la bloqueó por infringir sus “normas comunitarias”. El grupo inició una petición “para instar a Facebook a considerar que sus normas comunitarias no son inclusivas”, señalando que “los africanos … también son una comunidad”, y que no veían la desnudez como algo indecente o sexual hasta la colonización. Facebook restableció la imagen y un directivo se disculpó en Twitter, pero esta no es la primera vez que la empresa aplica un estándar occidental a los cuerpos africanos.
En diciembre, manifestantes salieron a las calles de Johannesburgo para pedir a Facebook y YouTube que respetaran la cultura africana, después de que las plataformas eliminaran repetidamente imágenes con pechos descubiertos. Muchos señalaron el doble rasero al censurar a las mujeres africanas, teniendo en cuenta la frecuente desnudez comercializada de celebridades estadounidenses como Kim Kardashian, que a menudo se considera “arte”. Google acabó eliminando la clasificación de “contenido para mayores de edad” en vídeos relacionados de YouTube tras la indignación.
Pero la invisibilización de las historias africanas por parte de las redes sociales va mucho más allá.
Twitter presume de que tiene “más de 35 oficinas en todo el mundo, y cada una refleja el espíritu regional y cultural de las ciudades en las que se encuentra”. Sin embargo, no tiene presencia en África, hogar de más de mil millones de personas, millones de usuarios de Twitter y no menos de 2.144 idiomas. En su lugar, la red social cuenta con un “socio exclusivo de ventas publicitarias”, para captar publicidad del continente. La empresa, con sede en San Francisco, no ha respondido después de que escribiera sobre ese flagrante desaire para el Washington Post.
Las redes sociales ignoran a África, y los terroristas la han convertido en arma
Las dos elecciones presidenciales de Kenia en 2017 registraron un aumento de las noticias falsas como consecuencia de que los dos principales partidos recurrieron a la desinformación y la propaganda para influir en los votantes. Aunque el servicio de mensajería WhatsApp fue el principal canal para difundir contenido falso, parte de este llegó invariablemente a Facebook, Twitter y YouTube, donde gran parte de él sigue presente hasta la fecha. Facebook publicó anuncios a toda página en Estados Unidos y Reino Unido para pedir disculpas tras el escándalo de datos de Cambridge Analytica, pero no ofreció ningún mea culpa en África, donde la información personal de los usuarios también podría haberse visto comprometida.
Durante la temporada electoral también hubo una presencia en línea mucho más siniestra y peligrosa. Un estudio de 16 meses de duración del Institute for Strategic Dialogue concluyó que “los extremistas de todo tipo aumentan su actividad durante los periodos electorales, aprovechando el proceso político e incluso, en ocasiones, apropiándose de él”. Reveló que Facebook era la plataforma preferida por los extremistas y los grupos islamistas violentos, seguida de YouTube y, después, Twitter.
“Durante el periodo de la investigación”, afirma el informe, “identificamos más de 20 páginas y grupos relacionados con extremistas o simpatizantes en Facebook, con un total de más de 28.000 seguidores. En YouTube se identificaron cinco canales relacionados con islamistas o simpatizantes, con más de 1.000 suscriptores y 300 vídeos en total. En Twitter se encontraron solo ocho cuentas, con una base de seguidores considerablemente menor”.
El grupo militante con sede en Somalia Al Shabaab tiene una larga trayectoria de uso de las redes sociales para difundir su mensaje, como hizo durante el ataque al centro comercial Westgate de Nairobi en 2013, cuando se atribuyó la autoría mediante una serie de tuits en directo. La otra gran amenaza terrorista de África, Boko Haram, centrada en África Occidental, también está intensificando su uso de las redes sociales para difundir su mensaje y atraer seguidores.
Estas organizaciones extremistas tienen prácticamente carta blanca en internet, porque los reguladores africanos siguen muy por detrás de sus homólogos estadounidenses y europeos a la hora de aplicar controles razonables y sancionar las infracciones. Con frecuencia, los Estados africanos siguen compitiendo por atraer a los gigantes tecnológicos occidentales ofreciéndoles importantes concesiones a cambio de empleo y apoyo técnico. Por eso el programa Free Basics de Facebook fracasó en India por infringir la neutralidad de la red, pero prospera en África. Project Loon, un proyecto de Google para proporcionar acceso a internet en zonas remotas mediante globos, también está despegando en el continente.
A mi juicio, la mayoría de los países africanos aún están al menos a una década de distancia de una ley de privacidad histórica como el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) de la Unión Europea, o incluso del “derecho al olvido”. Un informe de enero de 2018 de la organización sin ánimo de lucro Internet Without Borders sobre los derechos digitales en el África subsahariana mostró cómo las multinacionales incumplen sus propias normas sobre privacidad y libertad de expresión a través de sus filiales en el continente. “Nuestro estudio demuestra que Orange Senegal y Safaricom (cuya mayoría pertenece a Vodafone) no cumplen los estándares internacionales, ni siquiera los nacionales, en materia de protección de la libertad de expresión en línea y de la privacidad de los usuarios,’ concluyó. No ha habido sanciones nacionales porque los reguladores les permiten salirse con la suya, y pocos usuarios denuncian las malas prácticas. Las empresas de telecomunicaciones y las redes sociales dependen de los mismos reguladores sectoriales, desbordados, con recursos insuficientes y a veces poco competentes, en la mayoría de los países africanos.

Mientras que Facebook prohibió al grupo de extrema derecha Britain First y a algunos de sus líderes después de que “publicaran reiteradamente contenidos diseñados para incitar a la animadversión y el odio contra grupos minoritarios”, conductas similares son generalizadas y no se controlan en absoluto en toda África. Los políticos que avivan las llamas de las divisiones étnicas y publican retórica de odio acumulan rápidamente grandes audiencias en Facebook y Twitter sin restricción alguna por parte de las redes sociales, y la ley les permite salirse con la suya. Si tuiteas en suajili, una lengua importante que hablan unos 100 millones de personas, es imposible obtener asistencia, ya que Twitter lo identifica como indonesio.
Twitter y otras redes sociales están haciendo un flaco favor a África, dejando a sus usuarios en un rincón tóxico de internet donde el odio y el acoso son habituales y los terroristas actúan con total libertad, pero la cultura africana no es bienvenida. Es inadmisible que estos servicios se alegren de recibir dólares publicitarios de todo un continente y, sin embargo, no se molesten en eliminar a extremistas, noticias falsas o mensajes perjudiciales. Un mercado de ideas y de debate debe ser justo y representativo de todos sus participantes, independientemente de dónde se encuentren en el mundo o del color de su piel. Si solo se presta atención a un segmento influyente y de voz alta de la sociedad por su cercanía a los centros del poder mundial o por la gravedad de las posibles sanciones, el resto del mundo debe denunciarlo por lo que es: racismo.

