Nuestra capacidad para imaginar el futuro se basa en nuestra capacidad para recordar el pasado, algo que la COVID-19 ha alterado profundamente.
Pero el mismo factor que alteró nuestra «normalidad» también ha abierto nuevas posibilidades para reimaginar y redefinir nuestro futuro.
Hay que dotar a las generaciones más jóvenes de tres elementos clave —la «alfabetización en futuros», la esperanza y la fraternidad— para construir un mundo mejor.
«El problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era». Esta cita del filósofo y poeta francés Paul Valéry puede parecer una contradicción divertida a primera vista, pero, de hecho, encierra una gran sabiduría.
En esta brecha filosófica entre el presente y el futuro surge una pregunta: ¿qué ocurre cuando los cimientos en los que basamos nuestras acciones y decisiones se tambalean con tanta fuerza que dejamos de sentir el suelo bajo nuestros pies?
Nuestra capacidad para imaginar el futuro está inscrita en nuestra biología. Cada vez más estudios muestran que nuestra capacidad para predecir lo que puede ocurrir se basa en gran medida en el mismo mecanismo neuronal necesario para recordar el pasado. La memoria desempeña un papel fundamental en nuestras anticipaciones.
Sin embargo, el problema es que vivimos en una época en la que conocer el pasado sirve de poco para imaginar el futuro, pues la incertidumbre, la aceleración y la creciente complejidad caracterizan cada vez más nuestro mundo. Luego llegó la pandemia de COVID-19, que dividió la percepción de la vida de la mayoría entre un «antes» y un «después» —un cambio radical y repentino que ha intensificado nuestra sensación de desorientación.
La COVID-19 nos ha afectado a todos de muchas maneras. Pero algunas personas se han visto más afectadas que otras porque el sistema al que estamos acostumbrados, el del mundo prepandémico, no pudo responder adecuadamente al impacto.
La buena noticia es que la misma perturbación que sacudió nuestra sociedad hasta sus cimientos también ha abierto nuevas posibilidades para nuestro futuro. No solo tenemos la oportunidad de replantearnos por completo nuestro mundo, sino también la responsabilidad de hacerlo, en beneficio tanto de nosotros como de las generaciones futuras.
Pero para construir un mundo nuevo necesitamos que se enseñe una nueva mentalidad a las generaciones más jóvenes, a fin de cumplir la propia misión de la educación: dar a los jóvenes las herramientas para comprender el mundo en el que viven y afrontar los desafíos de su época.
Estas son tres cosas fundamentales que deben enseñarse para construir un futuro mejor.
1. Mejorar la «alfabetización en futuros» para todos
Nadie hace realidad un futuro que no puede imaginar, por lo que debemos entrenar nuestra capacidad para imaginar y transformar nuestros futuros a largo plazo.
La UNESCO define la alfabetización en futuros como una competencia clave para el siglo XXI que permite a las personas comprender mejor el papel del futuro en lo que ven y hacen. Añade que tener alfabetización en futuros potencia la imaginación y mejora nuestra capacidad para prepararnos, recuperarnos e inventar a medida que se producen cambios.
Pero también debemos entender que nuestra imagen del futuro es el resultado de las fuerzas contrapuestas que guían nuestras decisiones cada día, y que la pandemia la ha puesto tanto en entredicho que lo que antes era impensable ahora es posible.
Sohail Inayatullah, titular de la Cátedra UNESCO de Estudios de Futuros, representa estas influencias en un modelo llamado el Triángulo de Futuros. Cada vértice representa uno de los tres distintos motores del cambio que actúan simultáneamente y con diferente intensidad cuando las personas toman decisiones: el peso del pasado, el impulso del presente y la atracción del futuro.

Al analizar la interacción de estas tres fuerzas dentro del Triángulo de Futuros, podemos explorar y concebir un número infinito de escenarios posibles y plausibles para el futuro, algo clave para actuar con responsabilidad y contribuir a crear un futuro mejor.
2. Cultivar la esperanza para crear cambios
Esto nos lleva directamente al segundo punto. Siempre que podemos pensar en un mañana diferente, ejercemos nuestra libertad para hacerlo. Pero ¿qué es la libertad si no tenemos esperanza? Hoy muchas personas están desilusionadas con la posibilidad de cambiar las cosas y tienden a perder la esperanza; y no hay nada peor que una sociedad sin esperanza.
Tenemos el deber de cultivar este importante sentimiento de esperanza, y podemos hacerlo con un modelo educativo que anime a los jóvenes y a los niños a experimentar, aprender de sus errores y no rendirse.
La gamificación del proceso de aprendizaje en lugar de la asignación de calificaciones, junto con un enfoque educativo creativo basado en retos, debería ser parte integral del itinerario de estudios de cada persona.
3. Abrazar la fraternidad por el bien común
Por un lado, el método y la mentalidad; por otro, la energía motivadora: ahora necesitamos un tercer factor para el éxito futuro, la brújula que nos indica el camino.
Hoy el individualismo contribuye a crear una sociedad incapaz de orientarse hacia un objetivo común. Sin embargo, hay muchos desafíos sociales que trascienden al individuo y son tan complejos que no pueden resolverse con una sola acción.
Tenemos que aprender a colaborar y a basar nuestras decisiones en la conciencia de que nuestro destino está ligado al de todos los demás seres vivos, pasados, presentes y futuros. Ser interdependientes y estar conectados con los demás también significa que el bien común es asimismo nuestro bien individual. Esto es lo que el filósofo francés Edgar Morin llamó «fraternidad».
Al combinar estos tres elementos —la alfabetización en futuros (el método), la esperanza (la energía) y la fraternidad (la brújula)—, tendremos todas las herramientas necesarias para emprender juntos esta aventura y construir un futuro nuevo y mejor.
