La cuestión fundamental de nuestra identidad

La cuestión fundamental de nuestra identidad
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El profesor Klaus Schwab es el fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial.

La reciente votación de Suiza para limitar la inmigración plantea a todos nosotros una pregunta: en un mundo globalizado, ¿cómo definimos nuestra identidad y cómo la convertimos en una realidad con sentido?

Identidad significa sentir que tenemos cosas en común. La identidad marca el límite exterior de una comunidad autónoma. La necesidad de sentirse arraigado en una sociedad es especialmente intensa precisamente porque nuestro mundo cambia a un ritmo tan rápido.

Desde esta perspectiva, el resultado de la votación no debería sorprender. Tampoco resulta chocante que el temor de Suiza a perder su identidad sea más fuerte en las regiones donde el ritmo del cambio es menos intenso.

Lo crucial, sin embargo, es si definir nuestra identidad en una sola dimensión puede llegar a ser alguna vez una receta para convivir pacíficamente. No importa si esa dimensión es la nacionalidad, la religión, un grupo étnico o una ideología. Basta con mirar el mundo que nos rodea: la mayoría de las atrocidades indecibles de la historia han tenido algo que ver con un sentido rígido y unilateral de la identidad que se vuelve radical. Esto sigue ocurriendo hoy, siendo Siria solo un ejemplo.

La radicalización de la identidad nos lleva a excluir, odiar y, finalmente, destruir a nuestros oponentes, simplemente porque son diferentes de nosotros.

En Suiza tenemos una tradición centenaria de convivir en una confederación y una sociedad. Esa tradición nos frena de los excesos. Somos una comunidad civilizada e ilustrada y, al practicar la tolerancia multicultural, logramos impedir que los acontecimientos extremos vayan demasiado lejos.

Sin embargo, esa no es toda la historia, porque nosotros también estamos permanentemente tironeados en dos direcciones: por la autonomía y por la diferencia. Esto genera un conflicto que los populistas están más que dispuestos a explotar en beneficio propio. Debemos entender que ha pasado el tiempo de enfrentar unas identidades con otras. El desafío de hoy es combinar diversas identidades para formar un nuevo todo armonioso.

Crecí en Alemania y tengo la edad suficiente para que la guerra y la posguerra dejaran su huella en mí. No niego mi identidad alemana. Pero también me siento suizo. De mis ocho bisabuelos, siete nacieron en Suiza. Vivo en Suiza desde hace más de 50 años. A menudo me preguntan por qué no me he naturalizado. Creo que lo que importa no es el color del pasaporte, sino cuán bien uno asume los valores nacionales y se integra en la sociedad.

Ha llegado el momento de que los europeos dejen de centrarse en la nacionalidad como señal de sentido. Tengo gran estima por nuestro patrimonio cultural europeo común. Veo la necesidad de una unión tanto económica como política. Soy un europeo entusiasta, y mi experiencia directa de la guerra y el odio ha reforzado esa convicción. He visto cómo las identidades nacionalistas unilaterales mal concebidas han traído destrucción y muerte.

Sin embargo, también soy ciudadano del mundo. Sé que vivimos en un mundo en el que solo podemos garantizar nuestra supervivencia final, o al menos la existencia de la próxima generación, actuando juntos.

La contaminación ambiental, el terrorismo y otras muchas amenazas globales no se detienen en las fronteras. Todos tenemos una responsabilidad global y, por tanto, necesitamos una identidad global que nos permita afrontarlas. Debemos aprender a integrar distintos niveles de identidad en nosotros mismos. Lo que importa no es una cosa o la otra, sino ambas.

Por supuesto, surgen conflictos dentro de los distintos niveles de identidad local, nacional, regional y global. Pero estos pueden resolverse. Solo se requiere la cantidad justa de cada identidad, para que el resultado final siempre sirva al bienestar superior de todos.

Si este principio se aplica ahora retroactivamente a la votación de Suiza del 9 de febrero, debemos preguntarnos: ¿qué resultado habría contribuido en mayor medida al bien común a largo plazo en Suiza y en Europa?

Para responder a esta pregunta, debemos reconocer que la sociedad del futuro estará configurada más por personas talentosas que por el capital. Como he defendido en el pasado, “talentismo” está reemplazando al capitalismo. Lo que caracteriza a las personas verdaderamente talentosas es mucho más que su destacado profesionalismo. Mediante la formación y la experiencia, han aprendido a cultivar en sí mismas todas las diversas identidades que hoy son necesarias. En términos generales, este tipo de personas son hábiles para integrarse rápidamente en nuevos entornos.

Me preocupan menos las posibles restricciones a la inmigración que las consecuencias de que Suiza sea vista como xenófoba y, por tanto, como un lugar menos atractivo para que el talento global desarrolle su potencial. Nuestros principios democráticos no nos permiten cuestionar el resultado de la votación. Sin embargo, podemos albergar la esperanza de que conduzca a una reconsideración fundamental de la identidad en la realidad del mundo moderno.

Imagen: Un peatón camina hacia las banderas nacionales (de izquierda a derecha) de Irlanda, Grecia, España, Francia y los Países Bajos frente al Parlamento Europeo en Bruselas REUTERS/Yves Herman

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