800 millones de personas no tienen acceso a agua potable.
2.500 millones de personas no tienen acceso a ningún servicio de saneamiento.
El río Rin transporta 10 toneladas de microplásticos al mar del Norte cada año.
Incontables refugiados climáticos se ven obligados a abandonar sus hogares.
Cada 10 segundos, alguien muere debido a la mala calidad del agua.
La lista de estadísticas como estas parece interminable.
En la primavera de 2015, llevé a mi familia a visitar la Exposición Universal de Milán. Recorrimos los numerosos pabellones y me alentó ver exposiciones sobre muchos enfoques para resolver los problemas que revelan estas estadísticas. El evento mostró a los visitantes cómo 10.000 millones de personas podrían vivir en paz, recibir educación y disponer de suficientes suministros de agua y alimentos.
La realidad me alcanzó en cuanto regresé de Milán. Las soluciones que había propuesto la Exposición Universal enseguida parecieron ilusorias e incluso ofensivas para quienes las necesitan desesperadamente. Ofensivas para quienes las necesitan ahora, quienes luchan por sus vidas cada día. ¡Qué insulto mostrar maneras de alimentar a diez mil millones de personas cuando, de hecho, hasta el día de hoy somos incapaces siquiera de saciar la sed de todos! Sobre todo cuando no solo tenemos los conocimientos especializados, sino también los medios para hacerlo. ¿Por qué seguimos sin poder utilizar esos medios en beneficio de todos?
Recorremos y navegamos sin fin por internet; hojeamos nuestros periódicos diarios y apenas asimilamos el aluvión de cifras impactantes y malas noticias sobre catástrofes climáticas, hambrunas y refugiados en situación de angustia y peligro. Los periódicos se convierten bastante rápido en papel usado. Y, muy a menudo, no logramos sentir una verdadera preocupación por las cifras y los titulares que presentan, incluso antes de que se vuelvan obsoletos. ¿Por qué ocurre eso?
En «El principito», Antoine de Saint-Exupéry habla del profundo apego que sienten los adultos por las cifras: «A las personas mayores les gustan las cifras. Cuando les hablas de un nuevo amigo, nunca te preguntan por lo esencial. Nunca te dicen: “¿Cómo es su voz? ¿Cuáles son sus juegos preferidos? ¿Colecciona mariposas?”. En cambio, te preguntan: “¿Cuántos años tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?”. Solo entonces creen conocerlo. Si les dices a las personas mayores: “He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado”, no consiguen imaginarse esa casa. Hay que decirles: “He visto una casa que cuesta cien mil francos”. Entonces exclaman: “¡Qué bonita!”».
Todos conocemos las cifras de quienes necesitan agua; conocemos las cifras que evalúan la contaminación ambiental y las de los refugiados climáticos. Cada día recibimos nuevos estudios y artículos científicos sobre el cambio climático. Sin embargo, nada cambia. ¿Cómo es posible?
Las cifras son entidades sin identidad ni alma. Puede que logren captar nuestra atención, pero solo brevemente. Al cabo de uno o dos días, las eclipsarán inevitablemente cifras nuevas, más actuales; llegarán nuevas cifras sobre las hambrunas en Sudán del Sur, Somalia, Yemen y el norte de Nigeria. Cifras aterradoras. Sin embargo, de algún modo percibimos como cifras y registros a los cientos de miles de personas que afrontan la muerte por inanición. Como estadísticas, similares a las que leemos en los informes deportivos.
Las cifras nunca hablan de los destinos que representan; son información abstracta. Debemos ser capaces de asociarlas con vidas individuales, rostros e historias personales. Historias que nos conmuevan, que permanezcan con nosotros y despierten pasión, caridad y empatía.
Los problemas actuales de África tienen solución; el mundo puede apoyar la lucha contra ellos. Podemos ayudar a proporcionar agua y medios de vida. Tenemos que dejar de hablar de cifras y empezar a actuar como seres humanos compasivos. ¿Qué somos si no?
Mi familia vive en Davos, cerca de los manantiales de Europa. Nuestro sistema educativo también enseña principalmente cifras y estadísticas. Pero la educación debería inspirar. Debería permitirnos comprender a los demás y entender su destino. La educación es la herramienta que nos enseña a asociar rostros e historias individuales con las cifras que leemos. Las personas son iguales en todo el mundo. Nuestros sueños, deseos y necesidades son los mismos. Somos muchas cosas. En cualquier caso, somos mucho más que cifras abstractas.
