La COVID-19 ha puesto de relieve una serie de vulnerabilidades mundiales, incluidas las relacionadas con el suministro de alimentos.
Serán necesarias nuevas mentalidades, colaboraciones y aplicaciones tecnológicas para garantizar un sistema alimentario justo, sostenible y resiliente a largo plazo.
La COVID-19 no solo vació los estantes de los supermercados en gran parte del llamado “mundo desarrollado”. Debilitó sistemas ya precarios en algunas regiones, lo que llevó a lo que la ONU ha calificado de ""históricos" retrocesos en la lucha contra el hambre.
La crisis revela una serie de ámbitos clave en los que nuestro sistema alimentario es vulnerable, desde las cadenas de suministro hasta la producción de alimentos. Con las previsiones de que las futuras pandemias podrían tener consecuencias aún más graves; fortalecer el sistema alimentario será fundamental a largo plazo. Las tecnologías novedosas, si se despliegan con criterio, podrían contribuir a garantizar un sistema más justo y resiliente en el futuro.
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Aprovechar las tecnologías para la resiliencia
El coronavirus muestra la oportunidad que existe para modernizar una serie de sistemas con tecnologías emergentes. Aunque la industria alimentaria ya invertía en estas soluciones antes de la pandemia, es probable que la COVID-19 acelere estos procesos y ayude a reducir las vulnerabilidades a largo plazo.
Cadena de bloques
El amplio campo de los sistemas contables informatizados, posibilitado por tecnologías como la cadena de bloques u otros “libros de contabilidad descentralizados”, puede aportar más transparencia a nuestros sistemas alimentarios. El valor de estas herramientas se ha hecho evidente a medida que la COVID-19 pone de manifiesto los riesgos asociados a nuestra dependencia de cadenas de valor largas, complejas y, a menudo, opacas. Por ejemplo, no solo todos dependemos del comercio fluido de productos agrícolas básicos para la seguridad alimentaria, sino que los agricultores de todo el mundo dependen de cadenas de suministro internacionales para todo, desde los desinfectantes que mantienen limpias las explotaciones lecheras hasta las piezas que reparan los tractores y las cosechadoras. Pero el seguimiento de estas cadenas de valor es casi imposible y, en su mayoría, los participantes en estos sistemas solo conocen a las personas a las que compran y a las que venden (los llamados sistemas de “un eslabón arriba/un eslabón abajo”). En esencia, somos viajeros sin mapa en lo que respecta a las cadenas de suministro y herramientas informatizadas de transparencia pueden darnos una capacidad mucho mayor para identificar los nodos críticos que podrían ser propensos a fallar, lo que permitiría a la industria adaptarse con mayor facilidad si las cadenas de suministro se ven interrumpidas.Automatización
La automatización, el internet de las cosas y la robótica ya estaban preparados para reducir la mano de obra que necesitan los agricultores para plantar y cosechar. Esto es importante, ya que la COVID-19 ha puesto de manifiesto hasta qué punto el sistema alimentario depende de la libre circulación de la mano de obra agrícola. Cada año, los agricultores de todo el mundo, pero sobre todo en países más ricos como Canadá y Estados Unidos, importan un gran número de trabajadores para dirigir sus sistemas alimentarios. El año pasado, solo en Canadá, 50.000-60.000 personas emigraron con visados temporales desde América Latina y el Caribe para recoger cosechas y atender explotaciones agrícolas. La COVID-19 nos obliga a preguntarnos: ¿podemos ser resilientes y seguir dependiendo de un sistema así para la seguridad alimentaria nacional?
Complica las cosas el hecho de que muchas de nuestras plantas de procesamiento de alimentos, y en particular las de envasado de carne, estén físicamente configuradas para optimizar la eficiencia. Esto hace muy difícil garantizar el distanciamiento físico en las instalaciones, y la proximidad de los trabajadores en las líneas de producción significa que el distanciamiento social se ha traducido en una productividad mucho menor, en retrasos para los agricultores y, probablemente, en precios más altos de la proteína durante los próximos meses. Las tecnologías para reducir la mano de obra y las operaciones automatizadas reducirían este tipo de vulnerabilidades y ya se despliegan a gran escala en el sector de los invernaderos. Tras la COVID-19, es probable que estas herramientas se extiendan rápidamente a otros sectores.Nuevas “fronteras” alimentarias
Crece el interés por tecnologías emergentes como la agricultura celular (que consiste en cultivar proteína animal en cultivos celulares) y la agricultura en entornos controlados (también conocida como granjas verticales). Estas herramientas permiten a los “agriemprendedores” producir alimentos de forma mucho más local y en entornos muy controlados. Esto puede ayudar a crear economías alimentarias regionales más sólidas y a reducir una tercera vulnerabilidad revelada por la COVID-19, que es hasta qué punto somos vulnerables porque algunos aspectos de nuestro sistema alimentario se han vuelto extremadamente centralizados. El procesamiento de alimentos, por ejemplo, se realiza cada vez más en un reducido número de plantas de gran tamaño que abastecen zonas geográficas enormes, de dimensiones continentales. Si bien esta centralización permite economías de escala, también constituye una vulnerabilidad, y el cierre de plantas de envasado de carne ha provocado que los comercios limiten la venta de carne a los clientes, perjudiquen a los agricultores y podrían llevar incluso a algunos países a el límite de su suministro de carne. Los entornos controlados y la agricultura celular pueden diseñarse para ser mucho más modulares, lo que permite que operaciones de distintos tamaños prosperen. Estos sistemas también pueden diseñarse para aprovechar el calor residual de las plantas de fabricación y construirse en zonas urbanas, con lo que se acortan las cadenas de suministro y se refuerza la resiliencia regional.
Preguntas difíciles, nuevas colaboraciones
Es cierto que la tecnología por sí sola no bastará para fortalecer los sistemas alimentarios del mundo. La mayoría de las 570 millones de explotaciones agrícolas del mundo son de pequeña escala y de carácter familiar y no tendrán acceso a estas innovaciones. Es posible que algunas innovaciones incluso provoquen el declive de los productores pequeños y medianos, lo que llevaría a un aumento del desempleo o de la pobreza.
Por tanto, la COVID-19 pone de manifiesto una necesidad urgente y apremiante de que los representantes de todos los sectores de la economía se reúnan y dialoguen para planificar cómo será el sistema alimentario posterior a la pandemia. Esto debe incluir la implicación de la industria, pero también reformas normativas y una atención especial a las necesidades de los más vulnerables, incluidos los trabajadores peor remunerados con las situaciones migratorias más precarias, que tradicionalmente nos han mantenido alimentados a todos.
Si nos permitimos soñar a lo grande con colaboraciones novedosas y aprovechamos la crisis actual para impulsar nuevos diálogos, podremos esperar ver soluciones nuevas y creativas a problemas de siempre.
Evan Fraser, Lenore Newman
Igualmente, el mundo necesita colaboraciones sin precedentes entre aliados improbables, como las empresas tecnológicas y las organizaciones de seguridad alimentaria y lucha contra la pobreza, que deben trabajar juntas y desarrollar nuevas formas de desplegar la tecnología, manteniendo siempre en el centro de cualquier programa las necesidades de las personas pobres.
Si nos permitimos soñar a lo grande con estas colaboraciones novedosas y aprovechamos la crisis actual para impulsar nuevos diálogos, podremos esperar ver soluciones nuevas y creativas a problemas de siempre. Las tecnologías que crean transparencia y resiliencia también podrían reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de la agricultura y ayudar a disminuir la cantidad de alimentos que desperdiciamos.
Además, el desarrollo y despliegue de sensores de bajo coste que miden desde la humedad del suelo hasta la temperatura no solo ayudarán a mejorar la seguridad alimentaria, sino que también enviarán datos a los teléfonos inteligentes, lo que permitirá a los agentes de pequeña y gran escala colaborar con mayor facilidad y mantener las cadenas de suministro.
Con estas opciones en marcha, los países ricos y otros grupos podrían considerar la necesidad de invertir en los procesos que garanticen que herramientas como la cadena de bloques puedan desplegarse para promover la transparencia y ayudar a los productores de regiones de bajos ingresos.
Antes de la pandemia, los expertos ya sugerían que estaba tomando forma un Renacimiento Agrícola Digital y, con toda probabilidad, la COVID-19 alimentará esa tendencia. La crisis nos brinda la oportunidad de hacer balance de lo aprendido y de dar forma al rumbo del sistema alimentario, garantizando que sea tecnológicamente sofisticado y rentable, pero también sostenible, justo y saludable.