Opinión: La tecnología educativa no ha cumplido sus promesas: así podemos cambiarlo

EdTech is a multi-billion dollar industry that had lofty pledges of democratizing education and improving equity. In many ways, it failed to make good on those promises
EdTech is a multi-billion dollar industry that had lofty pledges of democratizing education and improving equity. In many ways, it failed to make good on those promises.Image: REUTERS/Michael Kooren
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La tecnología educativa es un gran negocio, y la pandemia de COVID-19 la ha llevado a la corriente dominante.

En solo los próximos tres años, se prevé que el mercado de la tecnología educativa, tecnología que se utiliza para mejorar y facilitar la educación, crezca en 112.39 mil millones de dólares. BYJU’S, una plataforma de tecnología educativa valorada en unos 22 mil millones de dólares, es uno de los principales patrocinadores de la Copa Mundial de Fútbol de Qatar 2022, el acontecimiento deportivo más visto del año.

Pero, tras una década de promesas deslumbrantes de democratización y educación igualitaria, la tecnología educativa y sus empresas han crecido, aunque no necesariamente son más «educativas». Si quiere funcionar para todos los niños, ricos y pobres, la tecnología educativa necesita un cambio cultural.

Una década de expectativas incumplidas

De 2010 a 2020, la tecnología educativa aprovechó a la perfección dos mitos educativos fundamentales. En primer lugar, quienes defendían las iniciativas de dispositivos individuales confundieron la participación en el aprendizaje con los avances en el aprendizaje. Los patrocinadores de la implantación de iPads o Chromebooks en escuelas enteras han presentado, con cierta suficiencia, ejemplos del disfrute de los niños al usarlos como si fueran ejemplos de aprendizaje. La promesa de un aprendizaje individualizado basado en datos acabó convirtiéndose en aprendizaje individualista impulsado por los datos. Como sabe cualquier docente, el aprendizaje genuino es colaborativo y exigente. Además, la motivación precede al aprendizaje, pero no hace que el aprendizaje perdure.

En segundo lugar, presentar la tecnología educativa como solución a la desigualdad educativa ha llevado a confundir el acceso al aprendizaje con los logros de aprendizaje. La premisa que impulsa el mercado mundial de la tecnología educativa es la idea democrática de que todos deben tener acceso a la educación. El problema es que no todas las plataformas de tecnología educativa son verdaderamente educativas; de hecho, muy pocas lo son.

Durante la última década, grupos internacionales de investigación han documentado los efectos perjudiciales de la tecnología educativa que no es educativa. Investigadores de diversas disciplinas han demostrado una y otra vez qué aplicaciones y plataformas en línea carecen de beneficios educativos.

La pandemia de COVID-19 puso claramente de manifiesto las consecuencias de esto. Human Rights Watch reveló que el respaldo de la tecnología educativa por parte de 49 gobiernos durante la pandemia dio lugar a importantes violaciones de los derechos de la infancia. Insistir en el aprendizaje en línea a toda costa no solo desmoralizó a los docentes, sino que también impulsó directamente malas prácticas docentes en las escuelas de Estados Unidos.

Tras la pandemia, varios gobiernos se sumaron a la tendencia de implementar rápidamente programas de recuperación de aprendizajes tras la COVID, con escasa investigación. Estas políticas posteriores a la COVID son comparables a la rápida implementación de prototipos de tecnología educativa poco desarrollados. El concepto de pérdida de aprendizaje por la COVID se basa en estimaciones muy inciertas y es conocido por alimentar el frenesí moral y la ansiedad entre docentes y padres.

La gran tecnología educativa en las aulas

Varias grandes empresas tecnológicas han trasladado a las escuelas sus modelos de negocio existentes. Al igual que otras grandes empresas de tecnología educativa de hoy, siguen dos fuentes principales de ingresos: las suscripciones y el alquiler de datos. Ambos son modelos comerciales, no educativos.

Las bibliotecas digitales, como Epic!, ofrecen libros electrónicos mensualmente para prestar servicios directos al consumidor y bajo demanda. Empresas educativas como Pearson extraen rentas de los datos para monetizar sus servicios. BYJU’s, Google y Apple en las escuelas emplean tácticas comerciales bien afinadas para concentrar poder mediante múltiples fusiones.

Junto con las empresas emergentes de tecnología educativa de rápido crecimiento, estas compañías aspiran a ser demasiado grandes para caer y estar demasiado conectadas para fracasar. Al perseguir este objetivo, sus intereses comerciales a veces se imponen a los intereses de equidad educativa.

Pero el mensaje del reciente informe de Unicef y LEGO sobre tecnología educativa es claro. La educación puede trasladarse al metaverso, pero no debería hacerse a la inversa. Los nuevos modelos de tecnología educativa pueden promover la cooperación público-privada y exigir documentación transparente de las políticas de privacidad. La evidencia de investigación independiente puede orientar la manera de desarrollar, evaluar y ampliar la tecnología educativa. Hacer realidad esta visión requiere una acción colectiva de la comunidad educativa, pero los inversores, investigadores y escuelas también pueden contribuir.

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Reformar la tecnología educativa

Un enfoque más matizado seguiría recomendaciones basadas en evidencia sobre las consecuencias de la COVID:

  • Tener en cuenta la diversidad y la heterogeneidad de los contextos en los que los niños aprenden y de cómo lo hacen

  • Centrarse en apoyar hábitos y tradiciones profundamente arraigados en las comunidades

  • Asegurarse de que la responsabilidad no recaiga injustamente sobre los padres o las escuelas individuales.

Un enfoque matizado también tendría en cuenta el creciente papel de las grandes empresas tecnológicas en las aulas. Un paso fundamental es replantear las regulaciones en torno a la tecnología educativa y los modelos comerciales que impulsan el sector.

La regulación estándar de los datos no basta para frenar los excesos comerciales del sector de la tecnología educativa. Los cambios legislativos, como el Código de la Infancia del Reino Unido y la agenda antimonopolio tecnológica de Estados Unidos, abordan los derechos de la infancia, pero hace falta más para que la tecnología educativa pueda ofrecer una educación equitativa a los niños a gran escala.

Los inversores deberían exigir pruebas de la eficacia y el impacto de la tecnología educativa antes de invertir, y evaluar no solo sus efectos inmediatos, sino también el impacto a largo plazo de sus intervenciones en la comunidad.

Los investigadores deberían colaborar en estudios que promuevan prácticas basadas en evidencia en el diseño y la pedagogía de la tecnología educativa, y también apoyar a las escuelas y las familias para que decidan qué tecnología educativa usar y cómo, a fin de obtener los mejores beneficios.

Y las escuelas deberían respaldar la formación de todo el personal y la participación de la comunidad en el uso y la comprensión de la tecnología educativa, y exigir pruebas de sus efectos en los avances de aprendizaje y del cumplimiento de la normativa sobre los derechos de la infancia antes de adoptar una nueva tecnología o plataforma.

La tecnología educativa en 2030

Para la próxima década, los futuristas predicen el desarrollo de tecnologías concebidas para las aulas. Las empresas dejarán de introducir el comercio en las aulas y desarrollarán sus productos con una base de evidencia más sólida. Esto sería una buena noticia.

Para asegurarse de que esto ocurra, los científicos investigadores deben sumar a los inversores. Ya hay pruebas de que es posible. Por ejemplo, la Fundación Jacobs ha comprometido 40 millones de CHF (41 millones de dólares) para apoyar la colaboración estratégica entre investigadores, inversores y productores de tecnología educativa.

De aquí a 2030, debemos concebir la tecnología educativa como un ecosistema de inversores, desarrolladores y usuarios que dependen unos de otros y rinden cuentas entre sí y ante la educación de la infancia.

Las habilidades que harán funcionar el nuevo ecosistema de tecnología educativa son las que Golinkoff y Hirsh-Pasek llaman las seis habilidades de Becoming Brilliant: colaboración, comunicación, confianza, creatividad, pensamiento crítico y competencia para aprender a aprender. Estas habilidades no solo pueden corregir las deficiencias de la tecnología educativa, sino también hacerla brillante.

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