La humanidad lleva mucho tiempo diseñando y utilizando herramientas para ayudarnos a resolver problemas, desde las hachas de sílex hasta los transbordadores espaciales. Estas afectan nuestras vidas y moldean la sociedad de maneras previsibles y, a veces, inesperadas. Puede que entendamos cómo funcionan estas herramientas —al fin y al cabo, las construimos—, pero a veces lo que sorprende es el uso que se les da.
La inteligencia artificial es una de esas herramientas: un software que imita el funcionamiento de la inteligencia natural. Como un telar de información, teje conocimientos a partir de datos y genera patrones de comportamiento que identificamos como actos de inteligencia. En gran medida hemos aceptado vivir con máquinas más rápidas y fuertes, capaces de ir a lugares y hacer cosas que nosotros no podemos, por los beneficios que aportan. ¿Pero máquinas más inteligentes? Bueno, ese es un desafío de otra índole.
Por lo general, no nos preocupa que la calculadora de nuestro teléfono móvil supere nuestras habilidades aritméticas, ni que pueda conectarse automáticamente a la torre de telefonía base de la mejor red o corregir la ortografía de nuestros mensajes de texto. Tampoco nos inquieta que el televisor sea lo bastante inteligente para sintonizar canales automáticamente. Se trata de tareas que antes podían realizar los seres humanos, aunque laboriosamente, y que ahora nuestros equipos —gracias a elementos de inteligencia artificial— realizan por nosotros y nos facilitan la vida. Tendemos a pensar que la IA está encarnada principalmente en robots, y no en bienes de consumo. Una opinión que suelen reforzar las películas y los libros, porque es difícil representar dramáticamente al protagonista de una historia si no es más que miles de líneas de código informático.
Inteligencia creativa
Sin embargo, a muchos les inquieta la idea de que la inteligencia artificial sea artística, de que entre en el ámbito de la inteligencia y la creatividad humanas. La IA puede aprender a imitar el proceso artístico de la pintura, la literatura, la poesía y la música, pero lo hace aprendiendo las reglas, a menudo mediante el acceso a grandes conjuntos de datos de obras existentes, de los que extrae patrones y los aplica. Los robots quizá puedan pintar —aplicar un pincel al lienzo, decidir formas y colores—, pero basándose en el procesamiento de ejemplos de expertos humanos. ¿Es esto crear o copiar? (La misma pregunta también se ha planteado sobre los seres humanos).
El desafío para una inteligencia artificial que intenta escribir literatura es procesar el lenguaje y la semántica. Aunque sistemas sofisticados como Siri de Apple o Cortana de Microsoft pueden reaccionar a frases habladas básicas, a una máquina le resulta difícil aprender la ambigüedad del significado en el lenguaje. Si a esto se añade el uso de figuras retóricas, metáforas y otras referencias culturales, por no hablar de los personajes, sus diálogos y relaciones, y de un arco argumental coherente y bien dosificado, con los giros y ramificaciones narrativas necesarios en una buena novela, podría decirse que aún estamos lejos del primer libro superventas escrito íntegramente por una máquina.
Pero ¿querríamos producir una IA capaz de escribir una novela que pudiera pasar por obra humana, o de pintar o componer música? Ya hay seres humanos con talento capaces de hacer estas cosas. Las herramientas inteligentes que apoyan la creatividad humana son útiles —un ejemplo es nuestro trabajo reciente sobre una IA que ayuda a los magos a diseñar nuevos trucos de magia —, así que ¿por qué reemplazar por completo al ser humano cuando se puede trabajar con la máquina?
Un argumento a favor de las inteligencias artificiales creativas es que, si queremos entender el proceso creativo humano, poder imitarlo y ponerlo a prueba frente al original podría revelar información sobre el funcionamiento de nuestro cerebro. Nuestra fascinación por la tecnología sigue impulsándonos a buscar una ratonera mejor, pero ¿querríamos artistas de IA mejores que los humanos? ¿Qué significaría eso y cómo lo sabríamos? ¿Debería el arte de la IA ser similar al arte humano o totalmente distinto?
Son preguntas fascinantes. Si el arte puede considerarse de algún modo una herramienta, lo es para ayudarnos a comprendernos mejor a nosotros mismos y al mundo. El arte y la literatura humanos tienen reglas, aunque a veces se quebranten, y si no podemos imaginar lo inimaginable, quizá los artistas artificiales sí puedan. ¿Sería eso una amenaza para el arte o una nueva forma provocadora de expresión artística?
Quizá, más que cualquier otra cosa, lo que distingue a una herramienta dotada de inteligencia artificial es que, en lugar de limitarse a ampliar nuestras capacidades físicas, podría decirse que contiene una parte de nosotros.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Profesor de Informática en Queen Mary University of London.
Imagen: La última versión del robot humanoide Asimo de Honda corre durante una presentación. REUTERS/Francois
