Desde que Henry Ford inventó la fabricación industrial, el automóvil ha sido el principal medio de transporte personal. Los gobiernos de todo el mundo han invertido considerablemente en construir la infraestructura necesaria para respaldar este sistema de transporte personal. Este ha proporcionado movilidad individual, empleo, innovación y riqueza a muchas naciones. Sin embargo, con los altos niveles de propiedad de automóviles en los países desarrollados, el enorme crecimiento en los mercados emergentes y la urbanización en niveles récord, este sistema ha empezado a fallar. Las megaciudades se enfrentan a la congestión y a una mala calidad del aire. No pueden ampliar la infraestructura necesaria al ritmo requerido o tienen dificultades para financiar su modernización. Están surgiendo nuevos modelos de propiedad de automóviles; los gobiernos promueven con firmeza los vehículos de energías alternativas para mejorar la calidad del aire en las ciudades, y los consumidores esperan que las nuevas tecnologías de la información les ayuden a mejorar su experiencia de viaje y a reducir el tiempo perdido en el tráfico. Sin embargo, las ventas de vehículos de energías alternativas han sido decepcionantes, todavía faltan modelos de negocio sostenibles para las nuevas formas de propiedad, y la integración de las nuevas tecnologías de la información con el transporte intermodal dista mucho de ser fluida.