Era un niño cuando oí las palabras que ayudaron a dar forma a mi carrera.
«Bill, recuerda siempre», dijo mi madre antes de dormir, «que lo mejor de ti eres tú».
Vaya.
Con estas siete palabras, mi madre me enseñó a honrar mis instintos, perseguir mis deseos, creer en mi potencial y mantenerme fiel a mis pasiones. Y, lo más importante, me enseñó a confiar en mí mismo, especialmente cuando los demás no lo hacían.
Hoy, el consejo de mi madre puede condensarse en dos palabras: sé auténtico.
He pasado la vida comprometido con ser fiel a mí mismo. Sin embargo, en casi todas las etapas de mi carrera se ha puesto en duda mi autenticidad.
No soy el único. Todos nos enfrentamos a presiones —las dinámicas corporativas, las expectativas sociales, las reglas de interacción, la opinión pública, nuestros propios miedos— que nos sitúan ante decisiones o nos llevan a actuar de maneras que no concuerdan con quiénes somos, qué queremos o qué creemos.
Y aunque debemos hacer concesiones —y no cruzar los límites de lo aceptable—, el verdadero reto es no hacer tantas que acabemos traicionándonos.
Así que, con el consejo de mi madre como fundamento, he seguido algunos principios para mantener mi carrera por un camino auténtico:
Recuerda: a nadie le importa tu carrera tanto como a ti.
A los veinte años, me dijeron que moderara mi ambición y esperara pacientemente a que las oportunidades me encontraran. Pero yo estaba listo para ser gerente antes de que mi empresa creyera que tenía edad suficiente. Así que pedí que me dieran la oportunidad de entrevistarme para un puesto directivo. Conseguí el puesto, para el que nunca me habrían tenido en cuenta si no hubiera pedido que me consideraran.
Como yo, tienes sueños, pero no es responsabilidad de nadie asegurarse de que se hagan realidad. Eso depende de ti. Así que toma la iniciativa. Identifica las oportunidades y ve tras ellas para asegurarte de que tus deseos —y no el azar ni las circunstancias— tracen tu trayectoria profesional.
Usa tus propias palabras, no las de otra persona.
A los treinta años, un colega me dijo que dejara de usar la palabra «pasión» al hablar con mis equipos. Otros insistían en que mi estilo entusiasta de comunicación no encajaba con nuestra cultura rígida. No intentaba destacar: simplemente era yo mismo. Aunque a veces moderé mi tono, reprimir mi naturaleza expresiva habría significado renunciar a mi voz.
La manera en que expresamos las ideas es tan importante como las ideas mismas. Es mejor que nuestro lenguaje sea auténtico para nosotros que aceptable para los demás. De lo contrario, se pierde el mensaje, así como la confianza que las personas depositan en nosotros.
Elige hacer aquello que haces bien.
No soy experto en todas las áreas de los negocios, pero sí sé cómo presentar una visión del éxito, inspirar a las personas para que crean que pueden alcanzarlo y dotarlas de los medios para hacerlo realidad. Eso es lo que hago. A los cuarenta años, y hasta el día de hoy, a menudo me instan a rebajar mis objetivos porque a otros les preocupa que sean imposibles de alcanzar. Pero, como confío en mi capacidad para motivar a los demás a rendir y crecer, no doy marcha atrás. Soy realista, pero no me interesa la mediocridad ni mantener el statu quo, aunque sean opciones más seguras.
Cuando nos situamos en puestos que ponen de relieve nuestras fortalezas, mantenemos la confianza en nuestras capacidades y aspiraciones, y somos menos vulnerables a quienes intentan desviarnos de nuestro rumbo con sus críticas.
Comprométete con la honestidad emocional.
A lo largo de mi carrera, siempre que algo o alguien me ha sorprendido, o cuando me embarga la felicidad, la emoción o la tristeza, dejo que se note. He faltado al trabajo para celebrar el feliz nacimiento de los hijos de mis colegas y he cambiado planes de viaje para acompañar a compañeros de trabajo en el duelo cuando fallecen sus padres.
Las emociones revelan a los demás qué nos conmueve y qué nos importa. Expresar nuestros sentimientos es lo más auténtico que podemos hacer en el trabajo.
Construir una carrera auténtica es un reto a cualquier edad y en cualquier etapa. Si acaso, la presión para amoldarse aumenta. No cedas.
Honra tus sueños, usa tu voz, cree en tus capacidades, expresa lo que llevas en el corazón.
En definitiva, confía en ti. Porque lo mejor de ti realmente eres tú.
Gracias, mamá. Todo lo que fui, soy o llegaré a ser te lo debo a ti.
Este artículo se publica en colaboración con LinkedIn. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Bill McDermott es CEO de SAP
Imagen: Ndeye Astou Fall, de 22 años, trabaja en un centro de atención telefónica en Dakar, capital de Senegal, el 23 de junio de 2006. REUTERS/Finbarr O’Reilly
