Muchos alcaldes a lo largo y ancho del país se van a enfrentar por primera vez al problema de la contaminación del aire y van a tener cuatro años para dar soluciones a una ciudadanía cada vez más sensibilizada y exigente.

Recientemente, en una reunión con Hugo Morán, secretario de Estado de Medio Ambiente, para buscar fórmulas de colaboración público-privada para ayudar a solucionar los problemas que muchas ciudades tienen con la calidad del aire, me señaló que la presión de la ciudadanía va a ser cada vez más determinante en las decisiones que los alcaldes van a tener que tomar respecto de las políticas de salud medioambiental.

Y no le falta razón a la vista de lo que hemos visto en la capital del reino con Madrid Central. Es verdad que los conflictos capitalinos, donde se mezclan las tres administraciones, no dejan nunca ver cuánto hay de movimiento ciudadano y cuánto de manipulación política, pero es innegable que ha formado parte del debate social y, sobre todo, ha dado visibilidad a un problema: la contaminación.

En Valladolid (no hay muchas, lamentablemente) aplican con decisión un protocolo muy tasado cuando hay episodios de contaminación, especialmente por ozono. Se construyó gracias, en parte, al saber hacer de los técnicos municipales y a la extensa colaboración con otros colectivos científicos. ¿Pero cómo lo vive la población? Pues de forma natural, porque el Ayuntamiento ha explicado que se trata del problema de salud pública, que es un bien superior a otros derechos que los colectivos más egoístas esgrimen para estar en contra.

En Bilbao, en la última parte de la legislatura pasada, se aprobó una medida que no ha sido popular, pero sí tremendamente eficaz: reducir la velocidad máxima a 30 kilómetros por hora. En previsión de la agitación ciudadana, el concejal responsable estableció un sistema de medición que permitiera extraer los efectos positivos y negativos de dicha medida. Como resultado de este simple ejercicio, los colectivos más reacios a la medida se quedaron sin argumentos, y aquellos que estaban a favor encontraron los más eficaces para convencer a todos de que una ciudad que circula a 30 kms/h contamina menos, mejora la calidad de aire y hace menos ruido, además de ser una medida eficiente de seguridad vial.

Men row a boat in the waters of the Arabian Sea on a smoggy evening in Mumbai, India, January 18, 2019. REUTERS/Francis Mascarenhas - RC1492BC28C0
Imagen: REUTERS/Francis Mascarenhas

Estos son dos ejemplos de medidas que van a ser cada vez más comunes en nuestras ciudades. Cabe recordar que, en el proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética, que espera a que el próximo Gobierno la presente a las Cortes, contempla la obligación de que todas las ciudades de más 50.000 habitantes deban tener un plan de calidad del aire.

Por lo tanto, el primer trimestre de 2020 va a ser clave para distinguir tres tipos de ciudades: las que ya habían empezado a trabajar para mejorar la calidad del aire, las que darán sus primeros pasos y las que no harán nada; esperando, estas últimas, que la ciudadanía no reclame medidas para proteger su salud.

Es verdad que para un cargo electo municipal proponer medidas que vayan a cambiar los usos y costumbres de sus ciudadanos puede parecer a todas luces un pequeño suicidio político a corto plazo. No obstante, cabe recordar que los problemas de contaminación en Madrid tienen un culpable: la inacción del Gobierno municipal de la alcaldesa Ana Botella, que no quiso nunca adoptar normas que pusieran coto al uso del coche en la ciudad. Miento, en su haber habrá que reconocer la adopción de las primeras Zonas de Bajas Emisiones. Al Gobierno de Carmena le ha tocado bailar con la más fea y ser la primera en adoptar un Plan de Calidad del Aire más ambicioso, para poder salvar las multas que, previsiblemente el Tribunal de Luxemburgo iba a imponer a España, por sus continuos incumplimientos.

¿Pero cuáles son las mejores políticas que tienen que adoptar las autoridades si de verdad quieren mejorar la salud ambiental de sus ciudadanos? Para no reinventar la rueda, repitamos las seis recomendaciones que Xavier Querol, del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (del CSIC), hace para las ciudades del sur de Europa y que han sido premiadas por la Comisión Europea.

La primera de ellas tiene que ver con la gobernanza de los temas de calidad del aire: hay que ceder las competencias en materia de calidad ambiental a las áreas metropolitanas. Si una ciudad impone restricciones de tráfico en su interior, éstas generalmente afectan a aquellos que, residiendo en los municipios cercanos, se desplazan hasta ella en sus vehículos. ¿No tiene más sentido que en los municipios en los que residen estos conductores se informe de que no podrán hacer uso de vehículo en la ciudad, o que se construyan aparcamientos disuasorios cerca de los transportes públicos…?

En relación con esta propuesta, la segunda pasa por mejorar el transporte metropolitano, para que sea competitivo frente al vehículo privado. Debe extenderse más allá del núcleo urbano en cuestión, como tela de araña por las áreas urbanas cercanas.

La tercera es más polémica, pero está demostrando su eficacia en ciudades del norte de Europa y Milán, entre otras: limitar el uso de vehículo privado en la ciudad, mediante peajes de entrada a la ciudad y permitiendo aparcar en superficie sólo a los residentes. Cuantos menos coches haya circulando por la ciudad, mejor calidad del aire habrá.

La cuarta propuesta se conecta con la anterior: las ciudades deben fijar zonas de bajas emisiones para que los coches que entren en ellas sean de bajas emisiones. El criterio para su elección lo deberán fijar los técnicos municipales, pero parece claro que deben situarse en los barrios que acumulen más emisiones y en los que resida mayor cantidad de colectivos de riesgo (mayores y menores de edad).

La quinta propuesta es repensar ladistribución urbana de mercancías, teniendo en cuenta que las furgonetas y camiones circulan durante muchas horas al día. El objetivo es que estos medios de transporte de uso intensivo usen tecnologías bajas en emisiones.

Por último, y una vez que las cinco propuestas anteriores estén en marcha y se haya reducido el número de coches en la ciudad, hay que ayudar a transformar y pacificar la ciudad, mediante la creación de espacios para que los ciudadanos puedan andar o desplazarse en bicicleta o cualquier otro modo de movilidad sostenible individual. Se trata de devolver los espacios urbanos a sus residentes para su uso y disfrute.

Nos esperan cuatro años de legislatura municipal apasionantes para mejorar la Calidad el Aire.