Una marca en una página, un meme en Internet, un sonido fugaz: ¿cómo es posible que estos estímulos, en apariencia tan insignificantes, lleven a acciones tan trascendentales como participar en una marcha racista o masacrar a fieles inocentes?

Algunos psicólogos, neurocientíficos, lingüistas y filósofos están desarrollando una nueva teoría de comprensión del lenguaje que está comenzando a ofrecer respuestas. Las investigaciones actuales demuestran que los seres humanos comprenden el lenguaje al activarse los sistemas sensoriales, motrices y emocionales en el cerebro.

De acuerdo con esta nueva teoría de la simulación, el simple hecho de leer un texto en una pantalla o de escuchar un podcast activa áreas del cerebro de manera muy similar a cuando estamos en la situación que el lenguaje describe. Este proceso hace que sea mucho más fácil pasar de las palabras a los hechos.

Como psicólogo cognitivo, mi propia investigación se ha enfocado en desarrollar la teoría de la simulación, ponerla a prueba y utilizarla para crear intervenciones para mejorar la comprensión lectora de niños pequeños.

La simulaciones son el primer paso

Tradicionalmente, los lingüistas han analizado el lenguaje como un conjunto de palabras y reglas que expresan ideas. Pero ¿cómo se convierten estas ideas en acciones? La teoría de la simulación intenta responder esa pregunta. Sin embargo, muchas teorías tradicionales sobre el procesamiento del lenguaje prestan muy poca atención a las acciones.

La teoría de la simulación propone que el procesamiento de las palabras depende de la actividad en los sistemas neuronales y conductuales de acción, percepción y emoción de las personas. La idea es que percibir palabras activa en los sistemas de nuestro cerebro estados que son prácticamente idénticos a los que se evocarían con la experiencia directa de lo que las palabras describen.

Las palabras son suficientes para activar simulaciones en los sistemas neuronales motrices.

Tomemos, por ejemplo, la oración “Dos enamorados caminaban tomados de la mano a la luz de la luna por una playa tropical”.

De acuerdo con la teoría de la simulación, cuando leemos estas palabras, el sistema motriz de nuestro cerebro simula la acción de caminar; es decir, la actividad neuronal provocada por la comprensión de esas palabras es similar a la actividad neuronal generada por la acción concreta de caminar.

De manera similar, los sistemas perceptuales de nuestro cerebro simulan la vista, los sonidos y la sensación de la playa. Nuestro sistema emocional también simula los sentimientos implícitos en la oración.

Entonces, las palabras son suficientes para activar simulaciones en los sistemas neuronales motrices, perceptuales y emocionales. El cerebro produce la sensación de estar ahí: el sistema motriz se prepara para la acción y el sistema emocional motiva dichas acciones.

Por lo tanto, en la simulación, es posible actuar de manera muy similar a como actuaríamos en la situación real. Por ejemplo, asociar por medio del lenguaje a un grupo étnico con “bad hombres” podría producir una simulación emocional al ver a los miembros de ese grupo. A su vez, si esa reacción emocional es lo suficientemente fuerte, puede motivar una acción – como un comentario despectivo o un ataque físico.

Si bien la teoría de la simulación aún se encuentra bajo escrutinio científico, se han comprobado con éxito muchas de sus predicciones.

Por ejemplo, mediante técnicas de neuroimagen para realizar un seguimiento del flujo sanguíneo en el cerebro, los investigadores descubrieron que escuchar verbos como “lamer”, “recoger” y “patear” genera actividad en áreas de la corteza motora del cerebro que se utilizan para controlar la lengua, las manos y las piernas, respectivamente.

Escuchar una oración como “El guardabosques vio un águila en el cielo” genera una imagen mental por medio de la corteza visual. Mientras que utilizar bótox para bloquear la actividad de los músculos que fruncen el ceño afecta el sistema emocional y retrasa la comprensión de oraciones que expresan ira.

Estos ejemplos demuestran las conexiones entre el procesamiento del habla y los sistemas motrices, sensoriales y emocionales.

Recientemente, el psicólogo Michael McBeath, nuestra estudiante de posgrado Christine S. P. Yu, y yo, descubrimos otra sólida conexión entre el lenguaje y el sistema emocional.

Tomemos, por ejemplo, pares de palabras de una sola sílaba en inglés que solo se diferencien en que el sonido de la vocal es más parecido a una “i” o a una “o”, como “gleam-glum” y “seek-suck”. Utilizando unos 90 pares de palabras, les pedimos a las personas que indicaran cuál de las dos palabras les parecía más positiva.

Los participantes seleccionaron la palabra con el sonido similar a “i” dos de cada tres veces. Ahora, si los sonidos lingüísticos y las emociones no estuviesen relacionados y las personas eligiesen al azar, hubieramos esperado que solo la mitad de las palabras con el sonido parecido a “i” habrían sido identificadas como más positivas.

Nuestra teoría es que esta relación surge porque pronunciar el sonido “i” activa los mismos músculos y sistemas neuronales que se utilizan al sonreír, o al decir “¡whisky!”. De hecho, inducir mecánicamente una sonrisa (por ejemplo, sosteniendo un lápiz entre los dientes sin utilizar los labios) ayuda a relajarse.

Nuestra nueva investigación demuestra que pronunciar palabras que activan los músculos de la sonrisa puede tener un efecto similar.

Pusimos a prueba esta idea pidiéndoles a las personas que masticaran chicle mientras evaluaban las palabras. El chicle bloquea la activación sistemática de los músculos de la sonrisa. Efectivamente, con el chicle, la percepción entre las palabras con sonidos similares a “i” y a “o” fue más equitativa. También demostramos los mismos efectos en China con pares de palabras en mandarín que contienen estos sonidos parecidos a “i” y “o”.

La práctica mediante las simulaciones hace fáciles las acciones

Por supuesto que para motivar a alguien a cometer un crimen de odio se necesita mucho más que pronunciar “glum” o “suck”.

Pero las simulaciones se generan más rápido con la repetición. Cuando alguien escucha una palabra nueva o un concepto por primera vez, generar esa simulación puede ser un proceso mentalmente complejo. Un buen comunicador puede facilitar ese proceso haciendo gestos con la mano para expresar la simulación motriz; señalando objetos o imágenes que ayuden a crear la simulación perceptual; y haciendo expresiones faciales y modulando la voz para inducir la simulación emocional.

Con el potencial que tienen para amplificar y repetir información e ideas, tiene sentido que las redes sociales sea el espacio que fomente la práctica necesaria para acelerar y darle forma a la simulación. La simulación mental de “caravana” puede cambiar de una fila de camellos, que es emocionalmente neutral, a una multitud de narcotraficantes y violadores con mucha carga emocional.

A través de la simulación reiterada que se genera al leer repetidamente publicaciones similares, el mensaje se vuelve cada vez más creíble, porque cada repetición produce otra instancia de esa sensación de haber estado ahí y de haberlo visto con los propios ojos.

El psicolingüista Dan Slobin sugirió que las formas habituales de hablar llevan a formas habituales de pensar acerca del mundo. El lenguaje que escuchamos nos proporciona el vocabulario para analizar el mundo. A su vez, ese vocabulario, al producir simulaciones, genera hábitos en nuestra mente.

Así como tan solo leer un libro de terror puede hacer que tengamos miedo a entrar al mar porque simula ataques de tiburones —que son muy inusuales—, estar en contacto con cierto lenguaje acerca de otros grupos de personas —y su comportamiento criminal extremadamente inusual— puede distorsionar nuestra visión de la realidad.

Se pueden crear simulaciones y comprensiones alternativas. Una caravana puede simularse como familias en una situación difícil que tienen el valor, la energía y las habilidades para comenzar una nueva vida y enriquecer nuevas comunidades.

Como la simulación genera la sensación de estar en una situación concreta, motiva las mismas acciones que la situación en sí. Si simulamos compasión y empatía, y utilizamos palabras de forma cuidadosa, actuaremos todos con más amabilidad.