El 1% más rico del mundo posee más de la mitad de la riqueza mundial y el 70% más pobre acumula tan solo el 2.7%. En otras palabras, ocho personas poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial: 3,600 millones de individuos.

La brecha entre ricos y pobres es obscena y no solo no disminuye, sino que crece junto con la angustia de gobiernos y de millones de familias atenazadas por la desesperación, la desigualdad, el hambre y la ignorancia.

Las grandes empresas nacionales y transnacionales, asesoradas por sofisticados expertos fiscales, logran eludir y evadir el pago de impuestos, potencian la devaluación salarial, pagan cada vez cantidades menores a los productores (con arreglo a diversos pretextos) y utilizan su poder para influir en las políticas públicas para estimular, aún más, las amenazadoras crisis originadas en la desigualdad.

Se trataría, entonces, de llevar a cabo los ajustes necesarios en el modelo económico para beneficiar a una mayor cantidad de personas y no solo a algunos privilegiados.

Me adelanto a aclarar que la afirmación anterior debe estar desvinculada de cualquier tesis marxista o comunista, porque ya probaron su ineficacia durante el siglo xx.

Si partimos del supuesto de que una de cada 10 personas en el mundo sobrevive con menos de dos dólares al día, es muy sencillo concluir que la desigualdad que tiene sepultados a millones de personas en la pobreza, implica una temeraria fractura de nuestras sociedades y constituye un atentado en contra de nuestra democracia, en el entendido que este escenario se complica aún más con la presencia de tiranos como los Castro, Chávez-Maduro y Daniel Ortega.

Las migraciones por desastres políticos, económicos, educativos o bélicos, como el caso de Siria, constituyen el origen de la tragedia. En días pasados asistimos a la marcha de hondureños que se dirigían a Estados Unidos en busca de pan, de paz, de seguridad y de empleo.

Imagen: 'Informe sobre riqueza global' de Credit Suisse/ Global Wealth Databook 2017

Se concentraron miles de haitianos en Tijuana que intentaban cruzar la frontera para participar también del gran sueño americano, de la misma manera que en Cancún y en Chiapas se encuentran miles de sudamericanos sin papeles que demuestren su legal estancia en nuestro país. El conflicto parece desbordarse.

La Venezuela caótica y quebrada con 80,000% de inflación provocó la fuga de millones de venezolanos hacia Colombia y a otros países del sur, incapaces de otorgar condiciones dignas a esa marea de refugiados.

Los africanos huyen desesperados hacia Europa, en particular hacia España, Italia y Grecia, antes de morir de hambre o víctimas de asesinatos en sus países, donde no existe la ley ni el menor respeto a los derechos humanos. Lo mismo acontece con muchas naciones musulmanas, cuyos integrantes buscan asilo en Francia, Inglaterra y Alemania.

Si en México, por ejemplo, la oferta de trabajo no alcanza para satisfacer las necesidades de empleo de nuestros compatriotas, menos, mucho menos, vamos a poder improvisar fuentes de trabajo para miles de sudamericanos.

En caso de que México abriera su frontera sur indiscriminadamente a los refugiados, prometiéndoles un plato, un techo y un empleo, objetivo muy difícil de alcanzar; estaríamos propiciando la llegada de miles de inmigrantes adicionales, que arribarían a nuestro país en busca de esperanza, en el entendido de que la realidad que enfrentarían podría ser patética. Si no se pierde de vista el descubrimiento de incontables panteones clandestinos ubicados en territorio nacional, donde están enterrados hombres, mujeres y niños que también murieron en busca de dicha esperanza. Si se los deja entrar, malo, y si se les rechaza, malo también.

Este problema lo está padeciendo el mundo entero. Que nos sirva de consuelo.