La pregunta, en realidad, debería ser más amplia: ¿hacia dónde irá Brasil en los próximos años? Si nos atenemos a los trapos sucios de Jair Bolsonaro, divulgados por la prensa internacional durante las últimas semanas, fascismo puro y duro. Si se consideran algunos elementos, menos centrados en el personaje, la explicación puede ser más rica en matices. En realidad no se trata de blanquear al próximo presidente, un outsider, sino de saber qué puede pasar en la octava economía del mundo: un país habitado por 208 millones de personas, que dobla en extensión a la Unión Europea y que suele ser frecuentemente asociado -desde que el intelectual vienés Stefan Zweig publicó un libro al respecto, en 1941- a la idea de futuro.

Pese a ello en Brasil, ahora mismo, no se respira mucho optimismo. Como decía el humorista Millôr Fernándes en tiempos de crisis, aquél es un país con "un enorme pasado por delante". Un pasado que da pistas. La primera: Bolsonaro será presidente pero, al igual que Lula da Silva (2003-2010) y Dilma Rousseff (2011-2016), no tendrá un poder absoluto. Eso siempre y cuando, claro, no rompa las reglas del juego. En caso de que respete la Constitución, lo previsible es que el parlamento de Brasilia siga siendo el gran escenario de negociación. Es algo a lo que un país que tiene más de treinta partidos representados en el parlamento está muy acostumbrado. En ese marco, Bolsonaro y su Partido Social Liberal (PSL) no lo tendrán fácil: contarán con un porcentaje de escaños similar al de Ciudadanos en España (10%).

¿Qué margen de maniobra dejará eso? Pues considerando que el código deontológico del citado PSL impide alianzas con la izquierda y que negociar con los parlamentarios sectorialmente, como pretendía Bolsonaro, no parece viable, lo probable es que tenga que entenderse con los partidos de centro-derecha (en Brasil, llamado Centrão). El Centrão es una decena de grupúsculos que controlan el 40% de los escaños (más o menos como el PP en España), conforman una malla clientelista con ramificaciones en casi todos los Estados y defienden, ante todo, sus intereses: durante años, constituyeron la base parlamentaria de los Gobiernos de izquierda hasta que, en 2016, promovieron el impeachment… contra la izquierda. En estas presidenciales no han logrado rematar la faena, pero siguen mandando.

Su poder territorial, de hecho, sigue siendo inmenso. Un fenómeno interesante en estas elecciones ha sido, en efecto, la bifurcación del voto: en bastantes estados, Bolsonaro ha ganado la elección presidencial mientras que en la local, para Gobernador, se ha impuesto un centrista. Es el caso del sureño estado de Paraná: Bolsonaro ganó allí con un 56% y el candidato a Gobernador, centrista, con un 59%. Esto a lo que en realidad remite es a la naturaleza del Centrão: se trata, más que de un conjunto de partidos ideológicamente afines, de familias político/empresariales que parasitan y al mismo tiempo garantizan la reproducción del sistema. Estamos, pues, ante el auténtico catalizador y contrapeso de la política brasileña.

Con Bolsonaro, los fieles de la balanza no parece que vayan a cambiar mucho. Pero lo que se pesa, sí: no solo la colaboración entre este centro y esta derecha, si se concreta, será inédita sino que proyectará a algo más que a dos grandes conjuntos de familias políticas. De hecho, la nueva derecha brasileña se ha erigido en estas elecciones en representante de una oligarquía periférica emergente, ligada al agronegocio y sostenida por los 44 millones de evangélicos y su Teología de la Prosperidad (que contraponen a la Teología de la Liberación). El Centrão, por el contrario, representa una vieja lógica de poder (con capacidad informal de veto) que tiene su matriz en el estado de São Paulo, el más rico y desarrollado.

El quid de la cuestión radica, en realidad, en que ambos polos se necesitan: en 2016, el centro necesitó a la derecha para desalojar del Gobierno, víaimpeachment, a Dilma Rousseff. Tenía muchas ambiciones pero sobre todo temía dos cosas, que los Juegos Olímpicos de Río consolidaran el liderazgo político de la expresidenta y que la explotación del petróleo, inédita en Brasil, proporcionara una base material sólida a la izquierda. Era, pues, el momento y la derecha apoyó. Ahora, sin embargo, esa misma derecha es la que reclama empatía: el agronegocio, que ya genera uno de cada tres empleos en Brasil y supone el 44% de las exportaciones, necesita inversiones, no solo traducidas en dinero, sino en decisiones políticas.

Y 'decisiones políticas' quiere decir iniciativas capaces de alterar dinámicas tradicionales. En concreto: la patronal del agronegocio pide desde sus bases en estados periféricos (como Mato Grosso do Sul, Rio Grande do Sul o el ya citado Paraná) una fuerte inversión en infraestructuras que permita colocar sus cosechas en los mercados internacionales sin depender tanto de puertos ya insuficientes, como el de Santos, que está en el estado de São Paulo. También reclama carreteras e incluso hidrovías que permitan sacar sus zafras por el Amazonas. Si Bolsonaro impone un programa así estará afectando a los intereses de la centralizadora y especuladora oligarquía paulista. Aquí hay, pues, un escollo potencial.

De todos modos hay otro terreno donde el entendimiento, incluso inmediato, parece más plausible: el gasto público, que desde 1995 ha crecido un 58% y actualmente carcome las finanzas e hipoteca el futuro, se ha convertido en una obsesión política compartida por centro y derecha. Ahí, un severo plan de ajuste, como en la Argentina de Mauricio Macri, parece avecinarse. Y ello hasta el punto de que este último debiera constituir el motor del próximo Gobierno: útil tanto para descoser los avances sociales tejidos por la izquierda (sobre todo en el empobrecido Nordeste) como para obtener (privatizaciones mediante) los apoyos políticos que Bolsonaro necesitará en el parlamento y, por qué no, en el ávido capital exterior.

En cuanto al resto de asuntos candentes, desde la política presupuestaria hasta las libertades públicas pasando por las políticas de seguridad, sociales y medioambientales, la actuación de Bolsonaro es probable que tienda a subsumirse al modelo de crecimiento adoptado, a la evolución de las relaciones de fuerza y por supuesto, a la coyuntura. En la práctica, el nuevo presidente hará lo que más le convenga en cada momento: de hecho, no debieran descartarse manipulaciones, golpes de efecto e incluso algunas desagradables sorpresas. La izquierda, mientras tanto, zozobra: está políticamente descabezada; orgánicamente fragmentada; institucionalmente limitada y con su capacidad de movilización lastrada. Y ojo porque el poder desgasta pero -como decía Giulio Andreotti- la oposición desgasta aún más.