¿Estamos educados en la paz? Se dirá que sí, que en España el odio no es una herramienta o un acto reflejo como tampoco lo es en países de nuestro entorno: europeos, desarrollados, democráticos. Sin embargo, en los últimos tiempos, comprobamos que sometidos a un poco de presión los españoles (y otros europeos) empiezan a arrojar vísceras: insultos, amenazas, malos deseos, y lo más preocupante: comienzan a mirar al otro como si perteneciera a una especie distinta; a una especie peor.

¿Se educa bien en la paz o es que no se han venido reuniendo los factores de tensión necesarios para que se revele ese lado oscuro y esa capacidad de odio? Como escribió Indira Retuerto en El Mundo, la paz puede definirse en positivo o en negativo. En positivo: «Un estado social o personal de equilibrio y estabilidad entre las partes de la unidad», esto es, tener las herramientas del diálogo y la empatía integradas en la forma de ser. Y en negativo: «Ausencia de violencia, inquietud o guerra».

Desde hace un tiempo, atravesamos un periodo histórico en que vamos a tener que comprobar en qué se ha sustentado la paz que hemos estado disfrutando. Y surge una pregunta más apremiante: ¿Qué recursos emocionales y racionales tienen los niños y jóvenes para procesar los conflictos que se desatan a su alrededor?

«A veces, ciertos temas se convierten en un tema tabú y los profesores seguimos avanzando en el temario dejando de lado la actualidad. Debemos asumir nuestra parte de culpa. Quizás no tenemos las herramientas u orientaciones necesarias para abordarlos», habla Santiago Moll, profesor de la ESO en Badalona y experto en educación.

En Cataluña se ha producido el seísmo más cercano. Aunque hay más: la pobreza provocada por la crisis; las guerras en nuestros contornos; los refugiados repudiados en nuestras costas y los discursos xenófobos que se esgrimen al respecto; el ascenso de la ultraderecha, lo cual supone que cuenta con un púlpito mediático que le aporta una apariencia de opción política viable a lo que debería considerarse un delirio; los atentados en Barcelona y otras ciudades europeas.

Cuando suceden tragedias como la de las Ramblas, los jóvenes se exponen a los discursos vengativos y racistas (incluso en sus entornos familiares) que dinamitan los esfuerzos educativos por inculcar una cultura de paz.

¿Cómo se enseña la empatía y el respeto?

Abordar la actualidad sitúa al profesor en una encrucijada: ¿Cómo no caer en la parcialidad y cómo no herir las distintas sensibilidades? «Lo más importante esabordar la actualidad con naturalidad, teniendo claro que enseñar es transmitir un conocimiento y no una opinión», explica Moll. «Lo fundamental es que sean los alumnos quienes, a partir de sus inquietudes, puedan transmitir opiniones, y luego, mediante un diálogo abierto y respetuoso, trabajar cualquier tipo de conflicto».

En la palabra «conflicto» encuentra Moll una clave. Si algo se define con ese vocablo, automáticamente, la realidad se estructura en torno a bandos, y los bandos se caracterizan por la sobreestimación irracional de lo propio y la denostación de lo diferente. «Se entiende como enfrentamiento y combate. Hay una acepción que me gusta, la del conflicto positivo. Con ella, decimos que la persona nunca está por encima del problema. Es un punto de partida fantástico para tratar con efectividad cualquier problema y siempre buscando el dialogo entre todos», expone.

La tarea es ardua. El cosmos de las redes sociales (y el favor que les hacen los medios de comunicación propagando muchos de sus contenidos como si gozaran de valor informativo) expande dinámicas de pensamiento basadas en la polémica, el insulto y el ajusticiamiento virtual en masa. Se ve al otro como posible enemigo o correligionario, no como persona.

Por eso, el entorno virtual no debe ser el único canal habilitado para que los niños y jóvenes se expresen. «Lo más importante es que nuestros estudiantes se sientan escuchados y noten que tienen una voz en sus aulas y en sus grupos, y que es tan válida como cualquier otra. Lo importante es aprender a gestionar esa voz para no herir otras sensibilidades, sobre todo en contextos tan multiculturales como tenemos hoy», desarrolla el profesor de Badalona.

¿Cómo manejar la historia: guerras, terrorismo…?

La revista colombiana Semana reflejó unas palabras de Abraham Magendzo, doctor en Educación de la Universidad de California, sobre cómo sedimentar el respeto a los derechos humanos en el nuevo país que nace tras el proceso de paz con las FARC. «Hay que construir memoria sin venganza, sin negación del otro. No se puede caer fácilmente en un juego de víctimas y victimarios, de buenos y malos. A veces, los victimarios son las víctimas y las víctimas, los victimarios», reflexionaba.

Magendzo rehúye de los relatos oficiales y distingue entre memoria e historia: «La historia trata de objetivar el pasado, la memoria es un proceso de permanente reconstrucción y hay tantas memorias como sujetos que miran su pasado».

Si se establece una memoria oficial y se rema sobre ella, se corre el riesgo de que muchos no se sientan interpelados. En un artículo en The New Yorker, Clint Smith rescata el texto Discurso a los profesores de James Baldwin. En esa carta, escrita en los convulsos años 60, Baldwin decía: «Es casi imposible que cualquier niño negro descubra algo sobre su historia real». Y con respecto a los medios y los libros de texto: «… su país y sus compatriotas les están asegurando que nunca han contribuido en nada a la civilización —su pasado no es más que un registro de las humillaciones con mucho gusto soportadas—».

En España existe un caso más extremo, un colectivo más invisibilizado no solo en el relato de la historia sino en el del presente: los gitanos difícilmente se sentirán requeridos. No sentirse integrado rara vez, puede llevar a alguien al diálogo: sin sujeto no hay conversación. Debe hacerse, decía Baldwin, una lectura más amplia de la historia, más variada y honesta.

Para esto resulta fundamental salirse de las pautas marcadas por los libros de texto y los programas. «Las artes, las ciencias, la política, las religiones son instrumentos de trabajo perfectos para comentar desde el pasado conflictos que están sucediendo en el presente». Estimular la curiosidad, espolear la capacidad de observación y de captar matices lleva a la empatía, la escucha activa de los demás y a la asertividad.

Resistirse a dar un puñetazo no es señal de paz; uno puede guardar el puño en el bolsillo y mantenerlo apretado con rabia. La paz es un sistema cognitivo que debemos aprender, una forma de entender que el mundo no pertenece a nadie en particular, sino que todos pertenecemos a él. Como dice Moll: «No situarse nunca por encima del problema».