El triunfo de Emmanuel Macron en las presidenciales francesas recuerda, de alguna manera, el de Barack Obama en 2008. Un rostro nuevo para la gran mayoría de los votantes, y para el resto del mundo; un soplo de esperanza en medio de una situación sumamente compleja –el pleno arranque de la Gran Recesión, entonces, la crisis existencial europea, ahora- y una gran incógnita sobre sus respectivas capacidades de devolver a la política su papel impulsor del bienestar y del progreso.

Coincidencias aparte, las circunstancias sin embargo son muy diferentes, o se ven de manera distinta con el paso del tiempo. El sentido de la urgencia de hoy es todavía mucho más agudo de lo que se veía en aquel momento cuando la crisis, en plena expansión, no había llegado a minar los fundamentos del sistema democrático. La erosión que las malas prácticas de un capitalismo desmadrado, unidas a la incapacidad –o la falta de voluntad- política de manejarlo, junto con los efectos de la globalización y la tecnificación, han llevado a que millones de personas, en Estados Unidos y en Europa, hayan apostado desde entonces, sin tapujos, por propuestas populistas, xenófobas y antisistema.

Así pues, la victoria de Macron conjura, de momento, el fantasma de la extrema derecha y la xenofobia en pleno corazón de Europa. Un respiro, sí; un gran alivio. Una fantástica noticia que devuelve los valores que Francia encarna –y con ella los de la Unión Europea- al primer plano de la agenda política.

Es cierto, como Macron mismo ha reconocido, que le espera una tarea ingente. Su primer desafío será preparar, en tiempo récord, las candidaturas de su partido/movimiento para la Asamblea Nacional. Tal vez lo único realmente previsible en los próximos comicios sea la debacle quasi garantizada del Partido Socialista. Todo lo demás está por ver: desde cuántos candidatos es capaz de presentar Macron, hasta cuántos son elegidos, hasta cómo será capaz de manejar unos números políticos y unas alianzas fundamentales para poder llevar a cabo su programa, cualquier programa. En frente tendrá un Frente Nacional reconvertido –según anunció Marine Le Pen al poco de conocerse los resultados- que podría llegar a ser la primera fuerza de la oposición parlamentaria (aunque con el sistema electoral lo va a tener complicado).

Tampoco lo tendrá fácil Macron en el frente europeo, donde ha despertado, si cabe, todavía mayores expectativas. En el actual ambiente de desánimo en la UE postcrisis y postBrexit, que el vencedor francés haya enarbolado orgullosamente la bandera azul junto a la tricolor es un motivo de alegría y de ánimos renovados. Pero si quiere tener opciones en sus propuestas de reformar y hacer avanzar a la Unión, tendrá que recomponer hábilmente un eje franco-alemán que ha quedado muy cojo de un lado en los últimos años. Curiosamente, han trascendido poco los planes del nuevo presidente electo, la primera visita al extranjero que tiene previsto realizar tras su investidura no será a Alemania –algo que sí hicieron sus dos antecesores- sino a las tropas francesas desplegadas en el exterior.

A Macron no le falta audacia, ambición y valentía; tampoco le falta ojo político y capacidad de sumar apoyos de frentes muy diversos. Está claro que en su victoria han jugado a favor factores como los errores de sus rivales –los más obvios, los de François Fillon, el candidato que parecía designado para disputar la segunda vuelta con Marine Le Pen; al igual que los de un Partido Socialista totalmente desnortado-. Pero también ha sabido elegir magistralmente los momentos políticos, desde su salida del Gobierno de Hollande para montar su propio movimiento hasta el rechazo a sumarse a un PS que le hubiera arrastrado en su debacle.

Junto al alivio, muchos analistas trasmiten un sentimiento agridulce. Es un triunfo sin euforia, dicen. Es la opción del mal menor, en una disyuntiva entre fascismo y mercados, entre el miedo y la cólera, entre lo desconocido y lo peligroso. Más de un tercio de los franceses han votado por una opción de ultraderecha, mientras que más del 40%, sumando a los insumisos de Melenchon, apuestan por propuestas radicales y antisistema. Existe un cierto determinismo que da por sentada la imposibilidad de mejorar el estado actual de las cosas, tanto en Francia como en la UE, y augura una victoria segura para Le Pen y su Frente Nacional, como quiera que se llame entonces, en 2022.

Pero es también, sin embargo, el triunfo de la esperanza frente al abismo. Es la ocasión de combatir tal determinismo, sin dejar de ser conscientes de la envergadura del desafío. Es tiempo de volver a creer en la capacidad de la política para lograr objetivos. La historia, sobre todo la europea, muestra que la alternativa es el caos absoluto. La crisis generalizada de la última década ha venido acompañada también de una flagrante falta de ideas que den solución a los problemas que nos acucian y que transcienden, con mucho, la dimensión local y nacional. Muchos anhelan la llegada de un líder que ayude a encontrar la salida, una salida que nunca estará exenta de esfuerzos, pero que permitirá ver la luz al final del túnel ¿Será ese líder Emmanuel Macron? Nadie lo sabe. De momento, merece el beneficio de la duda… y de la esperanza.