De pocas cosas se ha escrito más en los últimos tiempos que de la crisis de confianza en la política de los ciudadanos, españoles y europeos. Es un hecho del que todos los estudios solventes presentan, desde hace unos años, evidencias contundentes.

El Índice de Confianza Social ESADE-Fundación La Caixa (www.indiceconfianzasocial.com) que mide semestralmente el grado de confianza de los españoles en nueve variables relacionadas con su grado de bienestar y seguridad, abunda en esa constatación desde su primera medición, en marzo de 2014. En la quinta edición que acaba de ser presentada, con datos referidos a septiembre 2016, la percepción de los ciudadanos sobre la confianza que merecen nuestras instituciones políticas cae al nivel más bajo de la serie histórica.

La confianza es un activo social de primer orden. Estudiosos eminentes como Douglas North, Robert Putnam o Francis Fukuyama, entre otros, han destacado hasta qué punto los altos niveles de confianza existentes en una colectividad humana influyen en la reducción de los costes de transacción en las actividades de los mercados, aumentan el impacto obtenido por la acción de los gobiernos, estimulan el crecimiento de los resultados y la dimensión de las empresas y, en general, contribuyen al progreso económico y al desarrollo humano de los países. En otras palabras, los países van bien en los planos económico, social e institucional cuando la confianza favorece en ellos la acumulación de capital social. La confianza en sus sistemas políticos es una parte muy importante de ese recurso colectivo.

Los países van bien en los planos económico, social e institucional cuando la confianza favorece en ellos la acumulación de capital social

Son abundantes las explicaciones que se han dado sobre el desfallecimiento de la confianza política en nuestras sociedades. En el trabajo de análisis que acompaña a este último Índice, el profesor Josep Maria Vallés enfatiza las causas de origen económico: un capitalismo desregulado estaría, a su entender, lesionando el output social de la democracia a la que aspiran muchos ciudadanos y alterando así el contrato social implícito sobre el que se asientan las democracias europeas. La gestión de la crisis habría profundizado estas percepciones negativas. La recuperación de la confianza exigiría, por tanto, centrarse en las políticas económicas y sociales más que en las reformas institucionales.

En la presentación del Índice, el profesor de sociología y diputado en el Congreso Ignacio Urquizu ponía el acento más bien en aspectos políticos y sociológicos (la brecha generacional, las cesiones de soberanía o la crisis generalizada de la intermediación), y reclamaba cambios que incidan en una receptividad mayor de los políticos y un ajuste más fluido e interactivo de expectativas entre los ciudadanos y sus representantes.

A estas alturas, la multicausalidad del fenómeno resulta evidente. En las democracias europeas, la incertidumbre y los temores causados por la globalización se añaden a este elenco de factores y amenazan con producir respuestas altamente disfuncionales. Como estamos viendo, hay actores políticos, situados hasta ahora fuera del sistema, que explotan la brecha de confianza y consiguen ampliar sus parcelas de poder exacerbando el resquemor de los ciudadanos.

En las fuerzas políticas tradicionales, crece, a derecha y a izquierda, la tentación de recuperar la confianza perdida secundando, al menos parcialmente, este discurso basado en el repliegue, el rechazo al diferente, la exaltación de las identidades nacionales, el endurecimiento de las fronteras y el proteccionismo comercial. Son demonios familiares que nos retrotraen, en este año de aniversario europeo trufado de elecciones, a los peores momentos de nuestro continente.

A lo largo de 2016, la confianza política se derrumba en un 45 por ciento respecto de la última medición del año anterior

Volviendo a nuestro país, lo más destacable del índice que comentamos es que a lo largo de 2016, la confianza política se derrumba en un 45 por ciento respecto de la última medición del año anterior. Muy probablemente, este derrumbe se debe al bloqueo político vivido en España el año pasado. Un año sin gobierno es menos inocuo de lo que algunos análisis extraen de los indicadores económicos de corto plazo.

De confirmarse esta hipótesis, podríamos ver en los próximos meses una cierta recuperación de confianza. Con todo, lo más relevante, como tendencia de fondo, es la pertinacia con que las instituciones políticas permanecen, medición tras medición, como aquella variable –de las nueve analizadas- en la que los ciudadanos depositan una mayor desconfianza. Es un pésimo síntoma que cuestiona la buena salud de nuestra democracia y compromete nuestra capacidad colectiva para afrontar con éxito los desafíos del futuro