El comercio tiene un serio problema de imagen. “El libre comercio y la globalización han protegido a cientos de millones de personas contra la pobreza y el hambre. El problema es que pocas personas lo creen”, dijo Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, a The New York Times.

Es por eso que importantes acuerdos comerciales como el TTIP tienen una pésima imagen popular incluso antes de que se conozcan —o se negocien— sus términos. También es el motivo por el que, en las palabras de The Economist, los acuerdos comerciales son los “muertos vivos de la diplomacia”.

Tanto desde el punto de vista práctico como desde el punto de vista político, el enfoque hacia los grandes acuerdos comerciales es erróneo. Este enfoque ignora el hecho de que ya tenemos las herramientas que necesitamos para revivir el crecimiento impulsado por el comercio al reducir el costo de transportar los bienes a través de las fronteras.

“El verdadero potencial latente para la expansión del comercio yace en su regulación”, opina Joakim Reiter, Secretario General Adjunto de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (CNUCYD).

Sin embargo, como detalla el Informe Internacional de Posibilidad del Comercio 2016, publicado este mes por la Alianza Internacional para la Facilitación del Comercio y el Foro Económico Mundial, las mejoras en la administración de las fronteras durante los últimos dos años han sido, en promedio, extremadamente pequeñas —prácticamente inexistentes—.

Las mayoría de las regulaciones que aumentan el costo del comercio son medidas no arancelarias (NTM), que van desde requisitos relativos a la rotulación, las inspecciones, las licencias y las certificaciones hasta medidas directamente tendientes a proteger a los productores nacionales, como las restricciones, las reglas sobre el contenido nacional y las normas de abastecimiento para entidades gubernamentales.

Comercio difícil

La CNUCYD estima que, actualmente, 96% del comercio mundial está sujeto a costosas NTM. De hecho, de acuerdo con el Secretario General de la CNUCYD, Mukhisa Kituyi, los 48 países más pobres del mundo gastan unos 23 mil millones de dólares al año en cumplir con las NTM de los países del G20.

Kituyi recuerda el severo impacto de los requisitos de trazabilidad de la Unión Europea sobre las exportaciones de flores y vegetales frescos de Kenia cuando él mismo era Ministro de Comercio de Kenia. Según explicó, las regulaciones de la UE fueron “una pesadilla” para los pequeños productores —en su mayoría mujeres— que exportaban a Europa.

Los aranceles, que históricamente han sido el mayor obstáculo para el flujo de bienes, están en mínimos históricos, por lo que no podemos esperar mucho de eventuales negociaciones para reducirlos aún más. En cambio, las regulaciones no dejan de proliferar. Y sus costos son elevados.

Echa un vistazo al sitio web del proyecto Doing Business del Banco Mundial. El sitio muestra, por país, cuánto tiempo lleva y cuánto cuesta llenar documentación, someterse a las inspecciones y transportar bienes a través de la frontera hasta un depósito.

En muchos países, los costos y los tiempos de espera son inadmisiblemente altos. Si uno quiere enviar mercadería a la República Democrática del Congo, debe perder 804 horas (33 días y medio) en papeleo, inspecciones y esperas para las aprobaciones necesarias. El costo, por su parte, será de 3900 dólares, sin costar los aranceles y los gastos de transporte.

El mismo proceso toma menos de un día en Austria, donde el costo de cumplir con la documentación y las inspecciones sería aproximadamente 1 dólar.

Hace dos años, los países miembro de la Organización Mundial del Comercio acordaron optimizar la burocracia comercial para disminuir los costos. La OMC estimó que implementar cambios "de sentido común" —automatizar procesos manuales, contar con un único punto de presentación de documentación y hacer que las normativas sean transparentes y consistentes de un país a otro— podría reducir los costos del comercio entre 13 y 15% y aumentar el PBI mundial en 1 billón de dólares al año. Por desgracia, la adopción de estos cambios ha sido pasmosamente lenta.

Hoy, nuestra visión de la cadena de suministro es más clara que nunca, lo que nos permite funcionar de manera más eficiente y disminuir el desperdicio. Hemos acortado drásticamente el tiempo entre el pedido, la producción y el envío. Eso, a su vez, ha liberado capital de trabajo, disminuido los costos de almacenamiento, aumentado la productividad y mejorado la satisfacción del cliente.

Donde no somos tan eficientes es en las fronteras. Y cada vez es peor.

Romper el cuello de botella

24 de los 50 países del próximo Índice de Agilidad de la Logística en Mercados Emergentes sufrieron una disminución interanual de su competitividad general, una medida que incluye su infraestructura comercial y su clima comercial. El índice, que se publicará en enero de 2017, muestra que las condiciones empeoran en siete de los 10 principales mercados emergentes: China, Arabia Saudita, India, Brasil, Malasia, Rusia y Chile.

Y las empresas lo notan. “El aumento de las exigencias de seguridad, la decadencia de la infraestructura y la burocracia han forzado a las empresas a migrar hacia la producción «por si acaso»”, dice Laura Dawson del Instituto Canadiense. “A menudo, acopian costosos inventarios para protegerse contra eventuales cuellos de botella en la frontera”.

Sin dudas, al comercio le vendría bien un cambio de imagen. En tan solo una generación, la integración de los mercados y el libre flujo de bienes, inversiones y personas han sacado a la mitad de las personas que vivían en la pobreza extrema de esa miserable condición. En un momento en el que el mundo está desesperado por el crecimiento, estancarse y darle la espalda al comercio no son opciones válidas.

Y sí, los esfuerzos que buscan nuevos acuerdos globales o regionales requieren una nueva filosofía. Los nuevos acuerdos deberán fortalecer las protecciones ambientales y brindar formación en habilidades que ayuden a los trabajadores desplazados a adquirir nuevos trabajos. Asimismo, tales acuerdos deberán estar adaptados a la era del comercio electrónico y la ola de innovación a la que nos enfrentamos con la llegada de la inteligencia artificial, la automatización, la fabricación aditiva y el big data.

Por último, cuando se trate de vender a un público escéptico del comercio, debemos recordar que existe una percepción generalizada de que los acuerdos de comercio son el “trabajo oculto” de las grandes empresas y la OMC.

El primer paso para corregir esta percepción errónea sería referirse a los acuerdos de comercio como “acuerdos de simplificación del comercio y creación de oportunidades”. El segundo sería designar a las pequeñas y medianas empresas de todo el mundo como emisarias de estos acuerdos. Las PyMEs son las que más provecho pueden sacar de los acuerdos comerciales y, si estas empresas los apoyan al unísono, el apoyo del público no tardará en llegar.

Mientras tanto, no debemos perder de vista lo que podemos hacer ahora mismo para reducir el costo del comercio. Si realmente queremos dar un puntapié al comercio y dar a los países en desarrollo una verdadera oportunidad, debemos echar un vistazo a los océanos de letra pequeña que ahogan a las empresas de todo el mundo. Esto incluye los cambios de un día para el otro y sin aviso en Nigeria, un país cuya aduana no tiene un sitio web; la cantidad de copias de documentos y aprobaciones necesarias en India; los tiempos y las tarifas de aduana en Brasil; y la falta de comentarios de las empresas cuando las reglas cambian en Belarús.