El diseñador gráfico belga Monk HF sabe que la publicidad turística tergiversa la verdad. Los publicitarios suelen defenderse diciendo que nunca lo hacen, que la mentira agrede sus obligaciones éticas. Quizás no mienten en un sentido pueril de la palabra, pero trocean la verdad y ofrecen, engordadas, como si fueran las únicas, las parcelas más convenientes al negocio.

Contrariado por esta distorsión, Monk HF ha creado una colección de carteles promocionales honestos: «Trabajé en publicidad, por tanto sé cómo sólo se muestra la cara simpática de las cosas», cuenta a Yorokobu.

El mercado mundial del turismo sigue las leyes de la competitividad. Lo primero es superar al vecino, ganar: adaptar la imagen de la oferta a la manera que más tentaciones despierte entre el público. Se invierten millones en turismo, pero ese gasto ¿se enfoca en mejorar la realidad de los países para que las mejores experiencias ocurran por sí mismas o se inyectan en diseñar experiencias enlatadas, casi de parque de atracciones?

Las cifras de turistas crecen sin pausa, en los primeros nueve meses de 2016, según los datos del Barómetro de la Organización Mundial del Turismo (OMT), se movieron por el mundo cerca de 1.000 millones de viajeros. En este tiempo, las regiones punteras fueron Asia y el Pacífico. A pesar de la desigualdad, que también alcanza números históricos y que arrecia en algunos de los destinos de perfil paradisíaco, las masas de gente con ganas de divertirse no menguan.

El secretario de la OMT, Taleb Rifai, dejó una clave, como publicó El Economista. El turismo «es muy sensible a los riesgos, ya sean reales o meras percepciones», y recalcó la necesidad de «reforzar la confianza de los viajeros». No se trata, por tanto, de luchar contra los dramas humanitarios que se viven de manera supuestamente estructural en muchos destinos, sino de aplicar apenas los remiendos necesarios para que el sueño vacacional no se quiebre al pisar el territorio. El maquillaje es más barato que la cirugía.

La sola percepción del riesgo preocupa al sector turístico. Por lo tanto, como contrapeso, hay que construir un discurso publicitario idílico. Siguiendo a uno de los cartelistas que construían el ensueño en la mente del turista, a Monk se le ocurrió mostrar la cara contraria, la realidad paralela: contaminación, crimen, turismo sexual…

«Empecé a investigar problemas globales y más tarde traté de encontrar las ciudades precisas donde estos problemas tenían más envergadura», recuerda. El diseñador que cautivó a este artista belga fue el austriaco Franz Kraus. «Me enamoré de un viejo póster de Kraus donde se promocionaba Palestina y decidí crear unos diseños parecidos».

Kraus fue un diseñador de pósteres de Hollywood que acabó sus días en Israel como uno de los creadores gráficos más reconocidos del país. Su cartelería sí prometía el paraíso, si bien un paraíso sutil, en colores planos. La de Monk, en cambio, aunque sigue la misma línea estética, promete crudeza.

En su colección, Monk se centra en lugares de perfil exótico, que suelen ser los más agradecidos para el exhibicionismo en redes sociales y la presunción en el boca a boca. Río de Janeiro, Borneo, Islas Faroe, Male, Tailandia, Calcuta.

Revisar los carteles promocionales de la isla de Phuket (Tailandia) que circulan por la Red es encontrarse con mares turquesas, arenas blancas, extrañas formaciones rocosas sobresaliendo del agua o ciudadanos autóctonos remando en canoas de madera llenas de frutas: paz y tranquilidad.

Monk HF no ha negado la fuerza paisajística del lugar, pero ha añadido un contraste: un señor blanco, panzón, gorro blanco, bañador rojo, gafas de sol, lleva de la mano a un niño y una niña, morenos, apocados. Tailandia es uno de los principales destinos de los turistas pedófilos.

Su cartel sobre Bangkok lo expone con más claridad. Un occidental camina. Le rodean decenas de mujeres, él las mira, dudando, como quien inspecciona un escaparate o una pecera de langostas. Monk pintó a las chicas con un color homogéneo, mientras el turista muestra una coloración normal. Ellas son doradas, irónicamente, igual que la torre del Templo de la Aurora que se levanta al fondo y que es uno de los sitios simbólicos del lugar.

Preguntado por los destinos que, al investigar para esta colección, más le han sorprendido, Monk destaca Phuket: «Amo Phuket, pero el problema de la prostitución es realmente aterrador». Sus diseños también inciden en la contaminación: «Realmente, amo las islas Feroe, soy un apasionado de la naturaleza, y todavía no entiendo por qué matan a sus delfines de esa forma. Me ocurre igual con Malé (capital de Maldivas). Es una isla preciosa, pero la contaminación está destruyendo las vistas y el ecosistema», opina. Por eso, en su cartel, bolsas de basura y botellas de plástico y anillas de latas acechan a una surfista que sonríe a pesar de todo.

Sonríe y cumple con la velada sugerencia de la Organización Mundial del Turismo: que la percepción sea distinta a la realidad. «Creo que mucha gente viaja para ver cosas simpáticas y ocultarse a sí mismos la realidad. En muchas playas puedes encontrar colillas de cigarro, pero nadie habla de ellas. ¿Por qué? La gente no habla de cosas de mierda. Queremos compartir fotografías bonitas de nuestros viajes, no la cara mala», critica Monk.

Cuando uno relata sus viajes manipula la información en la misma medida en que lo hace cuando habla de sí mismo. Los periplos, las pequeñas aventuras controladas, han pasado a ser una parte más de nuestra autoestima, por lo tanto, almibaramos lo chusco y enfatizamos lo emocionante.