No hace falta recurrir a la campaña de Donald Trump para comprender que, en internet y las redes sociales, la realidad, la fantasía y la pura y dura mentira, a veces, son difíciles de distinguir y, muy especialmente, para los que están desesperados por creerse todo aquello que confirme sus prejuicios. Hay empresas y políticos que han entendido perfectamente que esto es una fabulosa oportunidad de negocio y manipulación y la están aprovechando.

La situación es tan grave que Google ha prometido que restringirá los anuncios en las webs que viertan noticias falsas. Al mismo tiempo, un grupo de trabajadores de Facebook ha creado un comité no autorizado por su fundador que propondrá medidas para rastrear los bulos publicados en el news feed. Twitter ha redoblado (¡al fin!) sus esfuerzos para prevenir los linchamientos políticos, sexuales raciales y se ha unido a Facebook, Google y medios como el New York Times para intentar vigilar y neutralizar los bulos peligrosos.

Es poco probable que tengan mucho éxito. Hay que recordar que la globalización, con la ayuda del e-commerce y la digitalización, ha propiciado que se multiplique la venta de un sinfín de productos fantásticos e intachables, pero también de aquellos que son falsos. Da igual que sean noticias o calcetines: vivimos una cultura que valora cada vez más la falsedad o que, sencillamente, no la distingue de lo auténtico. Por eso, el mercado mundial de los productos falsificados se duplicó entre 2008 y 2013.

Las copias suelen ser más baratas y accesibles que los originales, se producen normalmente en países emergentes de legalidad y supervisión relajadas y encuentran allí y en Occidente una demanda estupenda de consumidores crédulos o de astutos cazadores de gangas. Algunos contrabandistas han creado tiendas especializadas en mercancías piratas y hasta les cuelan unos cuantos goles a distribuidores como Alibaba… o se permiten metérsela doblada de vez en cuando aAmazon.

Esa marea de falsedad ha afectado también a las noticias. Las patrañas, los plagios, la propaganda y los bulos son más accesibles y baratos de producir y consumir que la información de calidad. Como no teníamos suficiente con la basura que producimos en casa, han venido a traernos más desde estados vulnerables sin agenda (una parte de las patrañas que beneficiaron a Trump se produjeron en sitios web alojados en servidores de Macedonia) o desde estados poderosos con una agenda muy evidente, como la de Rusia en Ucrania o la de Estados Unidos cuando se gastó 500 millones de dólares en producir supuestos vídeos de propaganda de Al Qaeda en Irak.

Al igual que las zapatillas copiadas, han encontrado un mercado maravilloso entre los crédulos y aquellos que esperan sacarles partido. También han aparecido los primeros portales especializados en crear, empaquetar y viralizar falsedades excitantes. En algunas ocasiones, los grandes distribuidores que son los medios de comunicación de calidad —los Amazon del periodismo— se han tragado los bulos y los han transmitido como si fueran ciertos. Esto ha hecho todavía más difícil saber si nos encontramos ante algo falso o auténtico.

El bazar de las patrañas

Del mismo modo que existe un mercado boyante de series pirateadas, existe otro de noticias falsas. La oferta ha creado su propia demanda y cada vez son más los millones de personas que exigen su ración de mentiras y plagios. Están dispuestas a pagar el acceso con sus datos o multiplicando con su presencia los ingresos publicitarios de las webs mentirosas. Muchos de los productores y consumidores no tienen ningún problema de conciencia y creen que merezca la pena hacer nada. ¿Por qué?

Fundamentalmente, porque aseguran que en el mundo digital esto es inevitable —la realidad está condenada a vivir en internet con su hermana bastarda y a que las confundan—, porque éstas son, según ellos, las leyes del capitalismo —si la gente busca mentiras que confirmen sus prejuicios y los medios tradicionales no se prestan al juego, tendrá que haber alguien que la ayude a encontrarlas— y porque sienten que viejos valores como la verdad o los derechos de propiedad son totalmente relativos y, a veces, hasta molestos.

Las patrañas, los plagios, la propaganda y los bulos son más accesibles y baratos de producir y consumir que la información de calidad

Hay que reconocerlo. La verdad suele ayudar menos que la mentira a ganar una guerra o unas elecciones y los bulos estrambóticos salen mejor en la ‘foto’ de las noticias más leídas. Los derechos de propiedad, incluso cuando se aplican versionesmucho más modernas y flexibles como las que propone el creador de Creative Commons, Lawrence Lessig, hacen más difícil que la mayoría pueda apropiarse, atribuirse, cobrar y consumir de una forma más barata lo que ha producido con esfuerzo, talento y recursos una minoría. A ver quién se atreve de quitarle el caramelito a esa mayoría sin que le muerda como un dóberman.

De todos modos y a pesar de las semejanzas que ya hemos visto con el mercado de los productos pirateados, la emergencia del gigantesco bazar de las noticias falsas supone una amenaza muy distinta en otros sentidos. La principales son que provoca muchas más víctimas y que crea una realidad virtual que puede acabar imponiéndose a la auténtica, como ha ocurrido con el éxito del Brexit o el de la campaña presidencial de Donald Trump.

Las informaciones falsas y plagiadas provocan muchas más víctimas, porque un bazar pujante de este tipo de falsedad no sólo debilita y tienta a los medios de comunicación y desmoraliza a los periodistas. También afecta al resto de la sociedad haciendo más difícil tanto el control de los poderosos como el debate entre la gente que piensa distinto.

Al fin y al cabo, la falsedad polariza a la sociedad enemistando, separando y distanciando a los que consumen noticias ciertas (aunque sean tendenciosas y ‘basadas en hechos reales’) de aquellos que se nutren sobre todo de bulos incendiarios. Por eso, el primer grupo considera al segundo una turba de paletos y anormales incapaces de identificar sus propios intereses. Y por eso también el segundo grupo cree que los miembros del primero son trasnochados (nostálgicos de la era preinternet), perversos (mercenarios del sistema y de sus medios vasallos), infantiles (los típicos idealistas que no saben cómo funciona el mundo) o elitistas (esa minoría que intenta imponer su ley, sus gustos y su corrección política a la mayoría).

Tu realidad no es la mía

Hablemos ahora del comercio libre de patrañas y de cómo recrea una realidad virtual minoritaria y asombrosamente compacta que puede parir perfectamente una realidad de pesadilla para todos.

La realidad virtual es compacta y difícil de identificar desde dentro, porque hablamos de un circuito cerrado de hechos falsos (las noticias), fuentes informativas falsas (amigos de las redes sociales sedientos de decir lo que otros desean oír), periodistas falsos (los propagandistas mediáticos aquí y los vendedores de bulos en Macedonia), ciudadanía falsa (muchos eligen a sus representantes presos del pánico y después de que los engañen), ciudadanos falsos (los ejércitos de robots que utilizan los partidos para prestigiarse o atacarse) y linchamientoscompletamente ciertos contra aquellos que se atreven a decir que esta realidad no es toda la realidad.

Es un contexto de decisiones políticas donde los líderes elegidos con ayuda de mentiras tratan los prejuicios de una numerosa minoría como si fuesen hechos irrefutables (Trump ha acusado a los inmigrantes mexicanos de violadores y criminales) y a veces ni siquiera son capaces de distinguir la verdad (también ha negado el cambio climático). Están dispuestos a difundir y alentar el incendio de la falsedad con propaganda para mantener fieles a los suyos y aumentar la base de creyentes. Saben que nuestra sociedad suele confundir la verdad con los prejuicios de la mayoría.

La verdad suele ayudar menos que la mentira a ganar una guerra o unas elecciones y los bulos estrambóticos salen mejor en la ‘foto’ de las noticias más leídas

Es muy probable que esos mismos líderes se lleguen a creer sus fantasías, actúen en consecuencia y cometan injusticias y errores que se salden con millones de vidas rotas. Así es cómo la realidad virtual de una minoría numerosa y creciente es capaz de crear una realidad de pesadilla —numerosa y creciente— para todos.

Como se ve, Facebook, Google o los grandes medios de comunicación se enfrentan a un adversario gigantesco. Es difícil saber si están actuando demasiado tarde, si la victoria es posible y cómo serán capaces de identificar rápidamente las patrañas sin suprimir otros contenidos y opiniones que también les repugnen aunque sean legítimos. Amordazar a una parte de la sociedad es tan peligroso y antidemocrático como manipularla. En esta guerra, que será larga, Google, Facebook y los demás tendrán que librar la primera batalla contra sí mismos. Cuando te sientes en posesión de la verdad, la tentación de la mordaza es poderosa.