Comprender los desafíos globales en nuestro cada vez más turbulento mundo actual es necesario si deseamos forjar un sendero hacia un desarrollo económico resiliente. Tendemos a olvidar, o a ignorar, que las presiones sobre el planeta han alcanzado niveles que pueden desatar grandes impactos socioecológicos, debilitando los avances del pasado y nuestras perspectivas para el futuro.

Tomemos el sistema climático como ejemplo. Cuando nos reunamos en la Reunión Anual 2015 del Foro Económico Mundial, es muy probable que hayamos alcanzado las 450 ppm en concentración de todos los gases de efecto invernadero. Esto tiene una alta probabilidad de comprometer al mundo a un calentamiento de 2 ºC, lo cual se ha acordado políticamente como un límite climático planetario. Pero es importante reconocer que las 450 ppm también tienen una probabilidad de 1.6%, lo cual es significativo aunque menos posible (de acuerdo con la 5ª evaluación de la IPCC), de tener como resultado un calentamiento de 6 ºC, que sin duda sería una consecuencia catastrófica para la humanidad.

1.500 accidentes aéreos, todos los días

¿Este es un nivel de riesgo aceptable? Es claro que la respuesta es que no. Es el equivalente a aceptar que 1.500 aviones se estrellen todos los días. (En promedio, el mundo experimenta aproximadamente 30 accidentes aéreos fatales por año, lo cual corresponde a una probabilidad de riesgo de aproximadamente un accidente fatal por un millón de vuelos. Aceptar el 1.6% de probabilidades en el caso de accidentes aéreos fatales corresponde a unos 480,000 accidentes aéreos fatales por año, es decir, aproximadamente 1,500 al día).

Este es un nivel de riesgo que simplemente nunca aceptaríamos en ningún otro sector de la sociedad.

Esto puede parecer un riesgo global abrumador, pero lo verdaderamente abrumador es la escala de la humanidad. Usamos un área del tamaño de Sudamérica para nuestra agricultura y un área del tamaño de África para nuestro ganado. Por vez primera, la humanidad ha alcanzado el punto en el que nuestra presión en las pesquerías, los bosques, los arrecifes de coral y otros ecosistemas pueden alterar todo el “sistema de la Tierra”: todos los procesos físicos, químicos y biológicos que interactúan en el planeta, desde el sistema climático hasta todos los ecosistemas. Esto incluye todos los ciclos naturales (el agua, el nitrógeno, el carbono, el fósforo y otros ciclos) y toda la vida en la Tierra, incluso las sociedades humanas. Todas las posibilidades para el futuro crecimiento económico y el desarrollo dependen de este sistema.

Este es un fenómeno nuevo. Es posible que se haya sugerido en las décadas de 1970 y 1980, pero la gran aceleración en el consumo y producción humanos de las décadas recientes indica que a partir de 1990 cruzamos el Rubicón. Pasamos de ser un mundo relativamente pequeño en un planeta grande a ser un mundo relativamente grande en un planeta pequeño.

Debemos comprender los riesgos que enfrentamos a fin de encontrar soluciones. Y, de manera interesante, las soluciones están cada vez están más disponibles, son más económicamente competitivas y pueden alcanzar un desarrollo mundial sostenible a escala. Lo que se requiere con urgencia es una serie de prioridades para navegar el futuro y crear prosperidad a largo plazo. Necesitamos un espacio seguro para trabajar por la humanidad.

Pasando los puntos de inflexión

El marco para los límites planetarios identifica nueve prioridades clave: clima, ozono, suelo, agua dulce, uso de fertilizantes (nitrógeno y fósforo), pérdida de biodiversidad, aerosoles (pequeñas partículas en la atmósfera dañinas para la salud y el clima), la liberación de químicos dañinos y acidificación del océano.

La humanidad tiene la nueva responsabilidad de volverse protectora de estos nueve límites que regulan la estabilidad del planeta. Transgredir estos límites, cuantificados ahora en gran medida, coloca a las sociedades fuera del espacio operacional seguro y en la zona de peligro. Podríamos en cualquier momento pasar los puntos de inflexión del sistema de la Tierra, más allá de los cuales podría no haber manera de regresar en el futuro previsible.

Los niveles del mar, por ejemplo, podrían comenzar a elevarse inexorablemente, incluso si limitamos las emisiones de gases de efecto invernadero, porque Groenlandia y la capa de hielo de la Antártida occidental habrán pasado el punto de no retorno (en 2014, científicos reportaron las primeras indicaciones de que es posible que esto ya esté ocurriendo). O extensas secciones de la selva tropical amazónica podrían morir, debilitando irreversiblemente un componente clave del sistema de la Tierra.

Las actualizaciones científicas más recientes acerca de los límites planetarios demuestran que la humanidad ha transgredido cuatro límites: el cambio climático, los ciclos de nitrógeno y fósforo, el cambio en el uso del suelo y la pérdida de biodiversidad.

Espacio para el optimismo

La conclusión más profunda de nuestro paradigma dominante actual de “crecer sin límites” ha llegado al fin del camino. La alternativa no son los “límites de crecimiento” sino una transición a un paradigma de “crecimiento dentro de los límites”. Por vez primera en la historia humana podemos prever un mundo sin pobreza ni hambre absolutas, incluso en un mundo de 9 a 11 mil millones de habitantes.

Hay espacio para el optimismo. Después de una prohibición mundial para proteger la capa de ozono, un informe que apareció a principios de año indica que la capa se está estabilizando y se predice que el agujero en la capa de ozono eventualmente se cerrará. El marco de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), el cual se decidirá en la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2015, y el cual reemplazará los ODM, propone una ambiciosa agenda para erradicar la pobreza y el hambre y salvaguardar el desarrollo económico en el mundo, y para hacerlo dentro de los objetivos sostenibles mundiales para el clima, los océanos, la biodiversidad y el agua dulce: los primeros contornos de un nuevo paradigma para el desarrollo mundial dentro del espacio operacional seguro para la Tierra.

No hay evidencia que sugiera que un presupuesto mundial del carbono que permanezca dentro de los límites del clima de 2ºC o que la protección de los bosques vitales y la biodiversidad obstaculizarán el desarrollo económico. Al contrario, fijar barreras seguras para el desarrollo, por ejemplo, por medio de regulaciones medioambientales, ha resultado ser una manera eficaz de desatar innovación que conduce al uso eficiente de recursos y mayor bienestar por medio de una mejor salud y más bajos costos. Tomemos el ejemplo de la refrigeración moderna después del protocolo de Montreal que prohibió los CFCs dañinos para la capa de ozono, o los convertidores catalíticos en los automóviles.

En un mundo que se está embarcando en una Segunda Era de las Máquinas, por parafrasear el excelente libro de Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, nuestra conclusión es que crear un espacio operacional seguro para el desarrollo puede desatar el desarrollo económico sostenible más que obstaculizarlo. Peter Diamandis, el creador del galardón X-prize por nuevas soluciones a los desafíos globales, también se siente optimista de que la abundancia para todos es posible. Tenemos la posibilidad real de embarcarnos en un nuevo paradigma de desarrollo de abundancia dentro de los límites planetarios.

Para tener éxito, debemos aceptar e integrar los contrastes actuales de los graves riesgos globales y las inmensas oportunidades, y ver la virtud de adoptar un nuevo paradigma de desarrollo. Esto requiere admitir que se deben establecer acuerdos globales respecto a los barreras del desarrollo económico mundial. La prioridad inmediata es detener la pérdida de biodiversidad y permanecer dentro del límite del clima de 2ºC. Pero esto no impedirá la innovación local y la diversidad de los senderos hacia la prosperidad.

Lo que necesitamos fundamentalmente es un cambio de mentalidad que reconecte nuestro desarrollo con la biósfera para garantizar vidas buenas y seguras para todos en el futuro.

Autores: Johan Rockström, profesor de sostenibilidad global en el Centro de Resiliencia de Estocolmo, Universidad de Estocolmo, y Mattias Klum, fotógrafo y cineasta y miembro titular del Centro de Resiliencia de Estocolmo, Universidad de Estocolmo.

Imagen: REUTERS/HO/NASA